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16 febrero 2023

Tecnologías verdes para cuidar la Tierra


Jacob Sturm, Wikimedia Commons


Dos artículos de George Monbiot publicados en el diario británico The Guardian

George Monbiot es un periodista y naturalista británico comprometido con la biósfera planetaria y la vida en peligro de quienes la conforman y habitan. Es autor de La era del consenso: manifiesto para un nuevo orden mundial y un incansable denunciante de la crisis climática a la que nos ha llevado un sistema de capitalismo desbocado.
 
 
 
 
 
 

 

I. Lentejas sí, pero también sustitutos de la carne de ganado

George Monbiot, The Guardian 01/02/2023

¿Es usted de las personas que rechazan la idea de la carne artificial o cultivada? No extraña que sean los ganaderos los que a menudo se oponen de manera tajante a esta idea. Y lo más sorprendente aún es que algunas personas veganas también estén en contra: "¿Por qué la gente no puede comer tofu y lentejas, como hago yo?" Pero es preciso señalar que los nuevos productos cárnicos y lácteos de origen vegetal, microbiano o de cultivo celular no están pensados para el estilo de vida vegano sino para un número mucho mayor de personas que gustan del sabor y la textura propios de la dieta animal. Y muchas otras personas retrocedan por instinto ante la idea de un alimento que tenga una apariencia familiar sin serlo realmente.

Así que aquí va una pregunta para todos los escépticos: ¿Qué piensan hacer respecto a la creciente demanda mundial de productos animales y los devastadores efectos que esta comporta?

Actualmente, el ganado representa el 60% del peso total de los mamíferos de la Tierra. Los humanos constituyen el 36%, y los mamíferos salvajes son solo el 4%. En cuanto a las aves, el 71% corresponde a las aves de corral, y las especies salvajes son apenas el 29%. Mientras la población humana crece a un ritmo del 1% anual, la cabaña ganadera  lo hace a un 2,4%. El consumo medio mundial de carne por persona es de 43kg al año, pero se acerca rápidamente al nivel del Reino Unido: 82kg anuales. Esto se debe a la Ley de Bennett: conforme aumentamos nuestros ingresos, consumimos más proteínas y grasas en nuestra dieta, especialmente carne, huevos, leche y otras secreciones animales.

Entonces cabe preguntar a quienes no gustan de las nuevas tecnologías ¿qué solución proponen? Y cuando insisto en preguntar, la respuesta es furiosa o evasiva: "¡Estás haciendo la pregunta equivocada!" "¿Quién te paga?" "¿Quieres que comamos babas (o insectos)?"

Hasta ahora, entre todas las personas preguntadas, solo una ha respondido directamente: la defensora de los alimentos Vandana Shiva. "Estás difundiendo de manera acrítica la leyenda de que la gente come más carne a medida que se hace más rica. En la India las personas siguen siendo vegetarianas, incluso cuando tienen más ingresos. Las culturas alimentarias están conformadas por unos valores culturales y ecológicos". Sin embargo, el consumo de carne en la India está aumentando rápidamente, aunque muchas personas lo hacen en secreto. En otras palabras, a pesar de las prohibiciones religiosas que se aplican con vigilancia (y que en algunos casos llegan hasta el asesinato), la ley de Bennett sigue vigente.

Esto equivale a presionar a la gente para que quemen menos combustibles fósiles sin ofrecerles sustitutos como los de la energía solar, eólica, geotérmica o nuclear. Las granjas ganaderas presentan un problema tan, o incluso más urgente, pues ocasionan perjuicios en todos los sistemas ecológicos de nuestro planeta; son principalmente responsables de la destrucción de los hábitats y la pérdida de la vida salvaje; están provocando la muerte de los ríos  y de algunas zonas marítimas; generan más emisiones de gases de efecto invernadero que todo el transporte mundial en su conjunto; y se extienden por vastas extensiones del planeta, infligiendo enormes costes de oportunidad ecológicos y de carbono. Tanto en su historia colonial como en la actualidad, las granjas de ganado siguen siendo probablemente la actividad que más contribuye al acaparamiento de tierras y el desplazamiento de los pueblos indígenas. En pocas palabras, la carne está consumiendo el planeta.

Los sustitutos de los productos animales pueden reducir en gran medida estos daños puesto que permitirían la devolución de vastas zonas a los pueblos expulsados de su territorio  y de los ecosistemas que defendían.

La primera carne cultivada con células obtuvo recientemente la aprobación reglamentaria en los Estados Unidos. Al mismo tiempo, el sabor y la textura de las alternativas vegetales han mejorado muchísimo. Recientemente he comido tres productos que son casi indistinguibles de los originales: un filete elaborado por una empresa eslovena llamada Juicy Marbles, un "filete de cordero" de la empresa israelí Redefine Meat, y (un plato de) sushi y "marisco" en tempura en el restaurante londinense 123V.

En respuesta, las corporaciones ganaderas de la carne (Big Meat) han intensificado su campaña de demonización. Aunque esto sea comprensible, se entiende menos el apoyo que la industria animal recibe de personas que afirman ser ecologistas, pero recitan alegremente su propaganda engañosa. El catedrático de política alimentaria y agrícola Robert Paarlberg compara esta alianza con la accidental coalición formada por la iglesia bautista y los contrabandistas de licores en EE.UU. el siglo pasado. Al presionar con éxito a favor de la prohibición del alcohol, los bautistas del sur abrieron la puerta a la mafia que comerciaba con bebidas más fuertes y peligrosas. Baste este ejemplo para decir que los verdaderos ecologistas tienen el deber de romper este consenso ultraconservador .

Es probable que la adopción de las nuevas tecnologías siga una curva en forma de S: lento, luego repentino. Al principio, la aceptación será baja y sufrirá repetidos reveses. Pero a medida que aumente la escala y bajen los precios, es probable que la penetración en el mercado alcance el 10% o más. Ese es el punto en el que el crecimiento lineal cambia repentinamente a crecimiento exponencial. Es la misma tendencia que ya hemos visto en docenas de tecnologías, desde los frigoríficos hasta los smartphones.

Los mayores obstáculos serán políticos. Si los gobiernos se ven presionados por las grandes empresas cárnicas, plantearán el tipo de obstáculos que, en el Reino Unido y Estados Unidos, han retrasado el despliegue de la electricidad renovable. En el Reino Unido, el gobierno está considerando la posibilidad de prohibir que los productos vegetales se denominen “leche” o “mantequilla”. No se sabe cómo harán con la denominación de la leche de coco y la mantequilla de maní. En el Reino Unido no se aplica el IVA a la carne o la leche, pero la mayoría de las alternativas vegetales deben pagar un 20%.

Los organismos reguladores que podrían aprobar los nuevos productos suelen estar desbordados, pues el Brexit ha supuesto una enorme carga de trabajo para la Agencia de Normas Alimentarias del Reino Unido y su presupuesto está muy por debajo de lo que necesita. Al mismo tiempo, la agencia se ha visto inundada de solicitudes de productos de CBD (cannabidiol) y es posible que transcurran muchos años antes de que les llegue el turno a las proteínas alternativas.

Ninguna de estas cuestiones debe dejarse en manos de la industria y el gobierno. Los defensores del medio ambiente no deberían trabajar para destruir las alternativas ecológicas, sino para garantizar que se regulen adecuadamente, y mediante leyes antimonopolio eficaces, se evite la concentración en manos de unas pocas empresas, como ocurre con el comercio de la carne. Como siempre, esta será una lucha tanto política como tecnológica sobre la tenemos que decidir en qué equipo nos alineamos.

·        George Monbiot es columnista del diario británico The Guardian


 

II. Las tecnologías limpias podrían ser nuestra salvación

George Monbiot, The Guardian 24/11/2022

Entonces ¿qué hacemos ahora? Después de 27 cumbres del clima (COP) sin haber visto ninguna acción efectiva, parece que el verdadero propósito era el de seguir con el parloteo. Si los gobiernos hubieran tomado en serio la prevención del colapso climático desde la primera COP, las veintisiete cumbres sucesivas no se habrían celebrado. La COP habría resuelto las principales cuestiones, tal como fue tratada la crisis del agotamiento de la capa de ozono: en una sola cumbre celebrada en Montreal.

Ya nada se puede conseguir sin protestas masivas cuyo objetivo, como el de los movimientos de protesta anteriores, es alcanzar la masa crítica que desencadene un punto de inflexión social. Pero esto es solo una parte del reto, como bien saben las personas que protestan. También es necesario traducir nuestras demandas en acciones, lo cual requiere cambios políticos, económicos, culturales y tecnológicos; todos ellos son necesarios, pero ninguno es suficiente. Estos solo pueden constituir el cambio requerido si se aplican en conjunto.

Centrémonos por un momento en la tecnología. Concretamente, la que podría ser la tecnología ambiental más importante desarrollada hasta la fecha: la fermentación de precisión. Se trata de una forma refinada de elaboración de la cerveza y un medio de multiplicación de microbios que sirven para crear productos específicos. Muchos medicamentos y aditivos alimentarios son producidos de este modo desde hace años. Pero ahora contamos con científicos que trabajan en varios laboratorios, y en un puñado de fábricas, desarrollando lo que podría ser una nueva generación de alimentos de primera necesidad.

Las noticias más interesantes anuncian la no utilización de material agrícola primario. Los microbios cultivados se alimentan de hidrógeno o metanol, lo cual puede producirse con electricidad renovable y en combinación con agua, dióxido de carbono y una mínima cantidad de fertilizante. Con ello se produce una harina que contiene aproximadamente un 60% de proteínas, lo que representa una concentración muy superior a la que puede alcanzar cualquier cultivo agrícola importante (por ejemplo, las habas de soja contienen un 37% y los garbanzos, un 20%). Cuando los microbios se cultivan para producir proteínas y grasas específicas, estos pueden crear sustitutos de la carne, el pescado, la leche y los huevos de mucha mejor calidad que cuando se emplean productos vegetales. Además, tienen el potencial de hacer dos cosas asombrosas.

La primera es reducir hasta un grado notable la huella de carbono en la producción de alimentos. Según un artículo publicado, se estima que la fermentación de precisión con metanol necesita 1.700 veces menos tierras que los medios agrícolas más eficaces en la producción de proteínas, basados en la soja cultivada en EE.UU. Esto sugiere que podría utilizarse 138.000 y 157.000 veces menos tierra en comparación con el medio menos eficiente: la producción de carne de vacuno y de cordero, respectivamente. Dependiendo de la fuente de electricidad y de las tasas de reciclaje, también pueden conseguirse drásticas reducciones en el uso del agua y en las emisiones de gases de efecto invernadero. Al tratarse de un proceso autónomo, se evita que los residuos y los productos químicos ocasionados por la actividad agrícola sean vertidos en el ambiente.

Si la producción ganadera es sustituida por esta tecnología, estaríamos ante lo que podría ser la última gran oportunidad para evitar el colapso de los ecosistemas de la Tierra gracias a la restauración ecológica a gran escala. Mediante la resilvestración de vastas extensiones de tierra ocupadas actualmente por el ganado (con mucho, el mayor de todos los usos humanos de la tierra), o por los cultivos utilizados para alimentarlo –así como los mares totalmente destruidos por las redes de deriva o la pesca de arrastre–, y con la restauración de los bosques, humedales, sabanas, praderas naturales, manglares, arrecifes y fondos marinos, podríamos detener la sexta extinción masiva de especies (actualmente en curso) y reducir gran parte del carbono que hemos liberado en la atmósfera.

Tenemos además una segunda y asombrosa posibilidad de romper con la enorme dependencia que muchas naciones tienen de los alimentos enviados desde lugares lejanos. Las naciones de Oriente Próximo, el norte de África, el Cuerno de África y Centroamérica no poseen suficiente tierra fértil ni agua para cultivar sus propios alimentos en cantidades suficientes. En otros lugares, sobre todo en el África subsahariana, la degradación del suelo, el incremento de la población y los cambios en la dieta impiden que aumente el rendimiento de sus cosechas. Sin embargo, todas las naciones más vulnerables a la inseguridad alimentaria son ricas en algo: la luz solar. Esta es precisamente la materia prima requerida para sostener la producción de alimentos a base de hidrógeno y metanol.

La fermentación de precisión se encuentra en la cima de su curva de precios y tiene un gran potencial para su reducción. El cultivo de organismos pluricelulares (plantas y animales) se encuentra en la parte inferior de su curva de precios, llevando estos hasta sus límites, y en ocasiones superándolos. Si la producción se realiza de modo distribuido (algo que considero esencial), cada ciudad podría tener una planta microbiana autónoma dedicada a la fabricación de alimentos de bajo costo, ricos en proteínas y adaptados a los mercados locales. En muchos países, esta tecnología podría garantizar la seguridad alimentaria de manera mucho más eficaz que la agricultura.

Existen, sin embargo, cuatro objeciones principales a esta idea. La primera se expresa en "¡Qué asco, bacterias!" Bien, pero actualmente las comemos en todas las comidas y añadimos deliberadamente bacilos vivos en alimentos como el queso y el yogur. Y demos un vistazo a las plantas de cría intensiva de animales que producen la mayor parte de la carne y los huevos de nuestra dieta y a los mataderos donde se procesan; con la nueva tecnología, ambos podrían quedar desfasados.

La segunda objeción es que las harinas producidas por fermentación directa podrían utilizarse para elaborar alimentos ultra procesados. Y es cierto que se podría, tal como hoy se hace con la harina de trigo. Pero también pueden utilizarse para reducir radicalmente el proceso de elaboración de sustitutos de productos animales, sobre todo si los microbios se modifican genéticamente para producir proteínas específicas.

Esto nos lleva a la tercera objeción. Ciertos cultivos genéticamente modificados, como el maíz Roundup Ready, presentan grandes problemas. Su principal objetivo era ampliar el mercado para el uso de un herbicida patentado y así asegurar el dominio de la empresa que lo producía. Sin embargo, los microbios modificados genéticamente están siendo utilizados sin controversia en la fermentación de precisión desde la década de 1970, concretamente en la producción de la insulina, del sustituto de la quimosina para fabricar el queso y en las vitaminas. Lo cierto es que donde sí se registra hoy una crisis terrible de contaminación genética es en la industria alimentaria, aunque esto se atribuye a que seguimos actuando como siempre: la propagación de los genes resistentes a los antibióticos que provienen de los tanques de purines del ganado que se filtran a la tierra, y desde allí, entran en la cadena alimentaria y en los seres vivos. Resulta paradójico que sean los microbios modificados genéticamente los que nos ofrecen la mejor esperanza de detener la contaminación genética.

La cuarta objeción tiene más peso: la posibilidad de que estas nuevas tecnologías queden en manos de unas pocas empresas. Esto representa un riesgo al que debemos enfrentarnos de inmediato, exigiendo una nueva economía de los alimentos que sea radicalmente distinta de la que tenemos en la actualidad, pues en ella se ha producido una concentración extrema (de los intereses corporativos). No se trata de un argumento contra la tecnología en sí; tampoco creemos que la peligrosa concentración del comercio mundial de cereales (el 90% en manos de cuatro empresas) sea un argumento contra el comercio de cereales, sin el cual miles de millones de personas morirían de hambre.

Considero que el verdadero punto de fricción está en la “fobia de lo nuevo”. Conozco a gente que no quiere tener un horno microondas porque cree que este perjudicará su salud (no es así), pero que tiene una estufa de leña, que sí lo hará. Tenemos tendencia a defender lo viejo y vilipendiar lo nuevo, cuando las más de las veces, debería ser al revés.

He dado mi apoyo a una nueva campaña denominada Reboot Food (en inglés, reiniciar los alimentos)  cuyo objetivo es defender las nuevas tecnologías que podrían ayudarnos a salir de nuestra espiral de desastre. Esperamos que sea el fermento de una revolución.

·        George Monbiot es columnista del diario británico The Guardian

12 marzo 2021

La democracia en su encrucijada

Tres semanas después del asalto al Capitolio en Washington, mientras las cámaras parlamentarias se reunían para confirmar a Joseph Biden como presidente electo de los Estados Unidos, Shoshana Zuboff, autora de La era del capitalismo de la vigilancia (2019), publicaba un artículo en la edición dominical del New York Times, titulado «El golpe del que nadie habla».

 

Wikimedia Commons - Public Domain, 2011


Como profesora emérita e investigadora en la escuela de negocios de la Universidad de Harvard, Shoshana Zuboff ha estudiado la evolución y el crecimiento de las tecnologías digitales como la fuerza económica que ha impulsado nuestra vertiginosa transformación en una «civilización de la información». En su exhaustiva investigación del poder y la riqueza acumulados a lo largo de tres décadas, Zuboff, se refiere a los emporios de la tecnología digital nacidos en Silicon Valley, y a sus afinidades con la administración pública de los EE.UU. tras los atentados terroristas del 11 de setiembre de 2001. Su obra analiza las prioridades extractivas y predictivas del capitalismo de la vigilancia —y de los «mercados de futuros conductuales» resultantes—, diseccionando y anticipando las profundas consecuencias que este modelo de conexión digital totalizadora puede tener para las sociedades de nuestro siglo. 

En su artículo del Times, Zuboff menciona el programa Total Information Awareness de la agencia estadounidense de seguridad nacional (NSA), que en 2002 sentó las bases de lo que poco después conformaría el mecanismo de captura y análisis de datos sobre el cual se basa el «excedente conductual» que hizo posible el surgimiento del capitalismo de la vigilancia. 

«Los nuevos emporios han diseñado un golpe epistémico, fundamentalmente antidemocrático, que se caracteriza por una concentración de conocimientos sobre las personas nunca antes vista, lo cual les confiere un poder sobre el que no tienen que rendir cuentas a nadie», denuncia Zuboff. 

La gobernanza de los datos es hoy un tema recurrente en el debate público, a medida que se producen volúmenes cada vez mayores de información derivada de la vida digital de la población. ¿Cuál es el criterio que debería regir el uso, la custodia o el almacenamiento de estos datos?; cuestiones como la soberanía de datos deben atenderse en el ámbito de infraestructuras e instituciones públicas tan medulares como el National Health Service del Reino Unido, donde actualmente el gobierno está en conversaciones con empresas como Palantir (proveedora del servicio de inteligencia estadounidense) para hacerse con los datos de los usuarios de los servicios de sanidad sin que el público conozca el alcance que estos contratos pueden tener para sus derechos fundamentales. 

Zuboff insiste en la importancia de una gobernanza dentro de los márgenes de las instituciones democráticas. «En una civilización de la información, las sociedades quedan definidas por cuestiones relacionadas con el conocimiento: ¿cómo se distribuye ese conocimiento, qué autoridad debe gobernar su distribución y de qué poder está investida? ¿Quién tiene conocimiento? ¿Quién decide sobre quienes tienen conocimiento? ¿Quién decide sobre las personas que deben decidir acerca de quiénes tienen ese conocimiento? Los capitalistas de la vigilancia tienen ahora las respuestas a cada una de esas preguntas, aunque nunca fueron elegidos para gobernarnos. Esto es lo que, en esencia, es un golpe epistémico. Al afirmar que tienen derechos de propiedad sobre nuestros datos personales, se están atribuyendo la autoridad para decidir quién es el poseedor del conocimiento; y defienden esa autoridad a través del poder que tienen para ejercer control sobre sistemas e infraestructuras esenciales». Este poder se extiende hoy sobre los propios medios de comunicación, que han sido históricamente uno de los pilares sobre los cuales se asienta la democracia liberal.

 

Una verdad insoportable

Zuboff constata que, al igual que la postura adoptada por los EE.UU., la mayoría de las democracias liberales del mundo han cedido la titularidad del ámbito digital —y la capacidad de operar en él— a la economía política del capitalismo de la vigilancia privado; éste rivaliza hoy con la democracia sobre cuáles son los derechos y principios fundamentales que habrán de definir nuestro orden social en el presente siglo. 
 
Este golpe representa una amenaza para cualquier sociedad democrática. Se puede optar por tener o bien una democracia, o bien una sociedad de la vigilancia, pero ambas a la vez no son posibles. «Una sociedad de la vigilancia que sea democrática es un imposible existencial y político», advierte Zuboff. Estamos en una batalla por la esencia misma de nuestra civilización de la información, y en esta circunstancia estamos entrando en la tercera década de despliegue de esta versión más reciente del capitalismo.

Shoshana Zuboff habla de:

La seguridad global y sus patrocinadores

[…] «Tras la tragedia del 11-S, se produjo un cambio dramático en el enfoque de Washington: los debates sobre las leyes federales de privacidad fueron sustituidos por la obsesión de tener acceso ilimitado a la información [de las personas].  


[…] «El carácter revolucionario del capitalismo de la vigilancia tiene sus raíces en una doctrina política que ha sido informalmente establecida mediante el excepcionalismo otorgado a la vigilancia. El excepcionalismo permite pasar por alto los controles democráticos y, fundamentalmente, da licencia a las nuevas empresas de internet para que éstas sustraigan la experiencia humana y la transformen en datos de su propiedad».

Los lobbies

[…] «Esta licencia para robar [los datos de experiencia humana] ha tenido un precio. Por una parte, los ejecutivos de las empresas recibieron el patrocinio continuado de los reguladores y los funcionarios electos; por otra, la ignorancia sostenida, o cuando menos, la resignación aprendida por parte del público usuario. A fin de cuentas, se trataba de una doctrina política que, para ser defendida, requería la posibilidad de maniobrar políticamente en un ambiente conciliador, participativo, donde prevaleciera el espíritu inversor».

La auto regulación de la vigilancia extractiva

[…] «Pedir a una empresa de la vigilancia extractiva que descarte los contenidos [de sus plataformas digitales y sus redes sociales] es como exigir a la actividad minera que rechace sus contenedores llenos de mineral por ser demasiado sucios. Es por esta razón que la moderación de contenidos constituye un último recurso, una operación de relaciones públicas parecida a la que puso en marcha Exxon-Mobil con sus mensajes de responsabilidad social. El caso del triaje de datos de Facebook es un ejemplo de cómo se busca o bien reducir el riesgo de bajas entre los usuarios, o bien evitar las sanciones políticas. Ambas actuaciones están dirigidas a incrementar los flujos de datos, no a disminuirlos. Este imperativo extractivo actúa en combinación con la indiferencia radical observada en la carrera por crear sistemas que aumentan sin cesar el nivel de participación de los usuarios, sin importar qué tipo de contenidos sea el que atraiga su atención». 
 
Analizando los efectos destructivos de las operaciones comerciales de las redes [anti]sociales, su efecto en la democracia estadounidense y el «caos epistémico» creado durante la plaga del Sars-CoV-2 en ese país, Zuboff se muestra muy crítica con quienes los describen como el precio a pagar por la defensa de la libertad de expresión. 


El artículo de Zuboff, publicado en el Times, es un llamado a la acción; en él propone la adopción de tres principios con los que se debería iniciar la tercera década de la civilización de la información:

Tres principios para la tercera década

«En nuestra era digital, los EE.UU. y el resto de democracias liberales están quedando huérfanas de una visión política coherente que promueva los valores, los principios y los gobiernos democráticos.  


  «El lugar que debería ocupar la democracia ha quedado vacío. Llevamos dos décadas navegando con unos sistemas de vigilancia y control conductual que escapan a las obligaciones establecidas por la gobernanza democrática. Nos encontramos en la etapa final del camino que conduce a un golpe epistémico, el cual ha despojado a nuestras democracias de las cartas de derechos, de los marcos jurídicos y las formas institucionales que son necesarias para asegurarnos un futuro digital en consonancia con las aspiraciones de una sociedad democrática.
  

«Cómo hacer frente a los daños del golpe epistémico

«Primero, debemos ir al origen del flujo [o suministro] de datos para poner fin a las operaciones de recogida de datos destinadas a la vigilancia comercial.
  
«Segundo, necesitamos leyes en las que la recogida de datos esté vinculada a los derechos fundamentales, y el uso de los datos esté al servicio del público; todo ello con el fin de atender las necesidades reales de las personas y las comunidades.
 
«Por último, deben desarticularse los incentivos financieros que premian la economía de la vigilancia».


Los principios que propone Zuboff están siendo recogidos por las instituciones democráticas. La Comisión Federal de Comercio de los EE.UU. (FTC, en inglés) ha solicitado recientemente un estudio sobre las empresas de redes sociales y streaming de video, casi al mismo tiempo en que se abría un expediente judicial a Facebook en relación con sus operaciones internas. Según los funcionarios de la FTC que están investigando a las compañías de tecnología digital, las actividades de vigilancia y monetización a partir de las vidas de las personas se están realizando de manera peligrosamente opaca. 
 
Por último, Zuboff señala que ya se han presentado propuestas de ley innovadoras en la Unión Europea y en el Reino Unido que podrían incorporar los tres principios referidos. Con el marco legislativo de la UE para los servicios digitales se podría establecer una gobernanza democrática de las operaciones internas de las empresas digitales; éstas deberían ser sometidas a una auditoría integral según como lo ordenen las autoridades responsables. De este modo, «a medida que los legisladores insistan en un entorno online que sea seguro, predecible y fiable, se evitará que los derechos fundamentales y el Estado de derecho se evaporen en las ciberfronteras».

06 mayo 2020

El conocimiento biomédico como bien global de la humanidad

La emergencia del coronavirus actualiza el debate sobre la vigencia de un sistema de innovación que choca con las prioridades y la sostenibilidad de la salud pública 

 


Aplicación de la vacuna de la meningitis A (Foto: Rodrigue Barry OMS)

El 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró oficialmente la pandemia del coronavirus SARS_CoV-2. Para entonces, el virus ya se había propagado desde su origen, en China, seguido de los brotes epidémicos en Europa tras su paso por Irán. Asimismo, empezaron a llegar noticias de los primeros casos de contagio en América del norte y del sur. 

Pocos días después, el presidente de Costa Rica, Carlos Alvarado Quesada, envió una carta a la OMS, en la que proponía la creación de una «reserva de patentes a nivel mundial para la covid-19», señalando la importancia de disponer de «un repositorio del conocimiento existente en relación con las pruebas de diagnóstico, los dispositivos, medicamentos o vacunas» para hacer frente a la pandemia de Covid-19.

La propuesta del presidente Quesada se inspira en la reserva de patentes Medicine Patents Pool (MPP), formada en 2010 con el respaldo de la ONU. La MPP tiene como objetivo facilitar el desarrollo de medicamentos para la TB, el VIH y la hepatitis C e incrementar su disponibilidad a precios asequibles para los países de ingresos medios o bajos. También han expresado su respaldo a la carta de Costa Rica: DIME, el mecanismo regional de datos para tomar decisiones informadas en el abastecimiento de medicamentos en América Latina, y las ONG de gestión del conocimiento y datos digitales Knowledge Ecology International (Canadá y EE.UU.) y Commons Network (Unión Europea).



Las claves económicas y políticas del alto coste de los medicamentos:1. Las presiones financieras para incrementar los precios; 2. El poder de monopolio, que los fija por encima del precio que pueden asumir los sistemas de salud


Un artículo publicado por Commons Network después de conocerse la propuesta de Costa Rica a la OMS explica cómo la pandemia ha hecho visible el conflicto existente entre el negocio biomédico y la salud pública:

«Son muchos los países occidentales en los que la respuesta al [corona]virus ha puesto en evidencia lo vulnerables que son nuestros sistemas de salud pública y otros sectores esenciales de la sociedad. Pero sobre todo, ha quedado expuesto el pésimo estado del sistema de la ciencia biomédica y el papel que en él juegan las compañías farmacéuticas:

  • En los Países Bajos, por ejemplo, los hospitales no disponían de suficientes kits de diagnóstico porque la compañía ROCHE, la mayor fabricante de productos de biotecnología, se negó al principio [de la epidemia] a compartir la fórmula que permite realizar estas pruebas.
  • En los EE.UU., el secretario de salud de la administración Trump en la respuesta al coronavirus, Alex Azar, advertía en un comunicado que el Gobierno no podía garantizar que una posible cura para la covid-19 fuese asequible para todos, pues lo único que impulsa esa clase de innovación es la expectativa de obtener grandes beneficios.
  • La carrera por conseguir la vacuna se ha retrasado entre dos y tres años debido a que, en muchos países, las compañías farmacéuticas han puesto a la venta sus instalaciones para la investigación. Y las empresas que aún tenían la capacidad, redujeron sus equipos de investigación porque consideraban que el proyecto no era un buen negocio .
  • Hace unos años, los científicos estuvieron muy cerca de conseguir la vacuna, hasta que se agotaron las fuentes de financiación.
  • Para los analistas financieros AB Bernstein de Wall Street, el mercado de las vacunas es considerado como un oligopolio. Pero al quedar interrumpidos los programas nacionales de investigación en enfermedades infecciosas, la mayoría de las empresas dejaron de invertir en este campo, según explica Bernard Pecoul de la Iniciativa por los medicamentos de enfermedades olvidadas 
  • En Francia hubo un debate sobre por qué el precio del kit de diagnóstico del coronavirus debía ser de 135 euros cuando su coste de producción es de solo 10 euros. Son muchas las personas que se han preguntado si detrás de la poca disponibilidad de pruebas diagnósticas y la decisión de no realizar más pruebas durante la epidemia en muchos países de Europa, existen razones económicas. 

Hospital universitario La Charité de Berlín, donde se desarrollaron los primeros tests de diagnóstico PCR con protocolos compartidos en código abierto. Foto: Jean-Pierre Dalbéra / CC BY



Haciéndose eco de la propuesta de Costa Rica, la OMS anunció la creación de un Acelerador para el acceso a las herramientas contra la Covid-19. Estas deberán ponerse a disposición en calidad de «bienes públicos mundiales», según señaló el secretario general de la ONU António Guterres. 

El 4 de mayo se hizo pública la formación de una alianza internacional de países comprometidos a reunir los fondos que se requieren para el desarrollo de tecnologías diagnósticas, tratamientos y vacunas de la Covid-19. Se consiguieron 7 700  millones de euros como fondo inicial para esta respuesta mundial, ofrecidos por Noruega, Italia, Alemania, Francia y la UE. Posteriormente se añadieron Japón, Canadá, Reino Unido, España, Jordania y Arabia Saudí (como país encargado de la secretaría del G-20).

Tal como señalaba el artículo de Commons Network: «Cada vez más personas están tomando conciencia de que la carrera por encontrar una cura y una vacuna para la covid-19 se ha retrasado mucho debido a que tenemos un sistema que opera en base a los incentivos de mercado y los monopolios creados alrededor de las patentes. En vez de blindar el conocimiento esencial, las empresas podrían trabajar conjuntamente, compartiendo los resultados de sus investigaciones y los nuevos conocimientos.

 
«La industria farmacéutica se guía por los beneficios y las exigencias de sus accionistas. La investigación y el desarrollo (I+D) que se necesitan para crear las vacunas y los tratamientos está organizada en régimen de monopolio. El sistema de patentes y licencias [de fabricación] está ajustado de manera que genere el máximo de riqueza para unas pocas corporaciones que facturan miles de millones de euros por sus productos. El sistema de abastecimiento de los medicamentos no se guía por las prioridades de salud pública sino por los beneficios que éste genera en una lógica puramente capitalista», señalan los expertos de Commons Network. 


La actual crisis del coronavirus nos revela un modelo de investigación biomédica averiado que requiere un cambio de paradigma
 
Según el equipo de expertos de Commons Network, «la idea de crear un repositorio de conocimiento de datos, patentes y licencias de la covid-19 permitiría acelerar las tecnologías sanitarias, tan necesarias en estos momentos, y estimular su acceso público».


 ¿Un modelo de innovación fallido?


Un informe sobre políticas del Instituto para la Innovación y la Utilidad Pública publicado en 20181 por el University College de Londres, dio a conocer su diagnóstico sobre el actual sistema de innovación en salud bajo el régimen de patentes y derechos de propiedad intelectual.

El grupo de investigadores en política pública, economía e I + D y expertos de organizaciones de salud global encontraron «un sector farmacéutico que se orienta hacia las ganancias antes que a las prioridades de la salud pública, y que tiende a establecer unos precios altos con el fin asegurar el rendimiento a corto plazo para sus accionistas». En su informe revelan que el alto precio de los medicamentos está ocasionando graves problemas de acceso para los pacientes a nivel mundial, lo cual tiene consecuencias perjudiciales para la salud y el bienestar de las personas.

Pero su diagnóstico va más allá todavía, pues advierten que existen «síntomas» que indican que estamos ante «un modelo de innovación averiado». Por esta razón, el estudio propone una serie de principios que dé lugar a un nuevo modelo de innovación en salud, incluyendo algunos arreglos que podrían hacerse sobre la marcha, pero también aspirando a ofrecer medidas de política pública para ser implementadas en el largo plazo; unas medidas cuyo objeto sería la creación conjunta en la formación de un sistema de salud que cumpla con el cometido de crear valor público.

Al analizar las prioridades de la Investigación y el Desarrollo (I+D), los expertos encontraron que éstas no se rigen por las necesidades en salud pública; se favorece más bien el desarrollo y la comercialización de medicamentos de imitación, lo cual reduce la investigación de tratamientos pioneros que son los más requeridos por las enfermedades que prevalecen en los países en desarrollo.

El informe señala, asimismo, la falta de transparencia y las dificultades para la colaboración en el ecosistema de la innovación biomédica. Aún cuando los derechos de propiedad intelectual (DPI) deberían ser considerados como un incentivo para la innovación, lo cierto es que cada vez se hace más difícil obtener licencias sobre las patentes; éstas ya no se limitan al sector de aplicación de las innovaciones y actualmente se otorgan extensiones a los DPI con demasiada facilidad. Actualmente, las reivindicaciones amplias de patentes representan un obstáculo para el aprendizaje, la difusión y la colaboración dinámica.


Por otro lado, si los precios de los medicamentos se fijan sin límite por lo alto, esto se debe a que no hay ninguna protección en el actual sistema de I+D para que estos sean asequibles a todos los pacientes que los requieran. Existe un monopolio de las patentes que anula la competencia comercial y a libertad a las compañías para regirse por el precio fijado por el mercado.


Por último, está la cuestión de la política cortoplacista y la financiarización de la industria farmacéutica. Al centrarse en obtener el máximo rendimiento financiero a corto plazo, las compañías recurren a la recompra de su propias acciones en el mercado financiero, logrando así un incremento en el valor de su participación accionarial. De este modo se consigue la captura de valor para el accionista, lo cual está ocurriendo a expensas de los avances en la salud y del interés público.


La reserva de patentes de medicamentos de MPP

La pandemia del coronavirus constituye una oportunidad para que la humanidad actúe de manera solidaria, haciendo que esta crisis sirva para conseguir los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU.

Desde el 3 de abril de 2020, la MPP ha extendido temporalmente su mandato con el fin de  incluir cualquier tecnología sanitaria que pueda contribuir a dar respuesta a la Covid-19 a nivel mundial.

La MPP tiene experiencia en facilitar el acceso a medicamentos y tecnologías médicas a través del mecanismo de licencias voluntarias; sus conocimientos en propiedad intelectual y licencias podrán ser aplicados en la identificación de productos y tecnologías con patentes que sirvan en la lucha contra la Covid-19, y asimismo, ponerlos a disposición de quienes más los necesiten.



1UCL Institute for Innovation and Public Purpose (2018) ‘The people’s prescription: Re-imagining health innovation to deliver public value’ [La receta del pueblo: repensar la innovación en salud desde el valor público], IIPP Policy Report, 2018-10. London: IIPP, Global Justice Now, Just Treatment, STOPAIDS. Disponible en: https://www.ucl.ac.uk/bartlett/public-purpose/publications/2018/oct/peoples-prescription