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13 octubre 2022

Cien años de vanguardia literaria

 


Foto: Jesús Corrius - Universitat de Barcelona, CC BY 2.0


Cien años de vanguardia: Trilce de Vallejo y Ulises de James Joyce

Tomando como punto de partida el poemario Trilce de César Vallejo y la novela Ulises de James Joyce, el pasado 6 de octubre tuvo lugar una mesa crítica en la Universidad de Barcelona (UB) con ocasión de los 100 años transcurridos del surgimiento de las vanguardias literarias en Europa e Hispanoamérica. La mesa estuvo integrada por Nora Catelli, académica y fundadora de los estudios de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la UB; Edgardo Dobry, poeta, y profesor de Filología Hispánica en la misma universidad; y Héctor Hernández Montecinos, poeta, ensayista, editor y gestor cultural chileno que ha sido el impulsor de las jornadas Siglo de Oro de la poesía latinoamericana 1922-2022, inauguradas en Barcelona el 3 de octubre, y que continúan en Madrid del 10 al 21 de octubre para concluir en Granada del 24 al 28 de este mes.

Tras la muerte del poeta nicaragüense Rubén Darío en 1916, las vanguardias literarias de España e hispanoamérica abandonarían gradualmente el estilo del Modernismo y la estética por él sembrada. Mientras que en Europa, finalizada la Primera Guerra Mundial, se produjo una sincronía de las tendencias literarias en un panorama intelectual de posguerra que trastocaba el paradigma de civilización europeo. Con ello se inauguró un período de vanguardias que dio lugar a las confluencias estéticas y al trasvase de nuevas técnicas en la producción artística y literaria. La lectura y –de manera muy destacada–, las traducciones de las nuevas obras escritas en francés, inglés y español, realizadas por escritores de la época como Jorge Luis Borges, jugaron un papel capital en la producción de obras que hoy se inscriben dentro de la modernidad contemporánea.

Según Edgardo Dobry, las vanguardias literarias de Hispanoamérica están representadas en las obras de Oliverio Girondo (Veinte poemas para ser leídos en un tranvía), César Vallejo (Trilce) y Gabriela Mistral (Desolación). En el ámbito europeo y en Norteamérica, las vanguardias destacan por las obras de T.S. Elliot (el poemario La Tierra Baldía), James Joyce (la novela Ulises) y la obra poética del francés Paul Valéry, publicadas todas en el año 1922.

Nora Catelli se refiere a la semilla muerta del Modernismo que posibilita poemas como los escritos por Vallejo en Trilce. No solo es patente el conocimiento en el uso y la ruptura del verso alejandrino en la obra del poeta peruano; también existe un asalto a los recursos quevedianos, cuando este recurre a términos arcaicos, encontrados en sus lecturas de Quevedo y de otros autores del Siglo de Oro español, el cual abarca los siglos XVI y XVII. 

 

Ulises en la otra orilla

En su análisis de los rasgos de la vanguardia literaria en Hispanoamérica, la doctora Catelli señala cuatro innovaciones novelísticas que comprenden técnicas literarias trasladables a otras lenguas. Así, la novela Ulises de Joyce y su técnica de fundir la experiencia individual con la vida de una ciudad, están presentes en  Adán Buenosayres (1948) de Leopoldo Marechal; en Tres tristes tigres, novela-río de Guillermo Carrera Infante (1967), ambientada en La Habana; y Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos, publicada en 1962, que evidencia una condensación temporal que responde al ritmo de la ciudad de Madrid. Este recurso fue también empleado por el autor francés L.F. Céline en Viaje al fin de la noche (1932), novela en su mayor parte ambientada en el suburbio parisino de Drancy.

El orden temático de las tradiciones judeocristianas sigue presente en las obras de las vanguardias, pero esta vez los relatos son traídos al presente. Estos registran, asimismo, una serie de recursos lingüísticos que pertenecen al lenguaje y la canción popular, así como el uso del juego de palabras. Aunque no se pierda el tono festivo, en el Ulises de Joyce éste ocurre siempre dentro del marco de lo católico, apostólico y romano y emplea el abanico de las nuevas técnicas, que bien puede convertirse en una mano dotada de cuchillos, como señala Catelli. Cabe resaltar que, a lo largo de su largo exilio, Joyce tuvo en la compañía de su esposa, Nora Barnacle, una suerte de Irlanda portátil, que le recordaba los usos, costumbres y lenguajes del país que tan bien supo plasmar el autor en sus relatos. 

 

Trilce inaugural

Para Héctor Hernández, la mirada a la modernidad se inicia con Las flores del mal de Baudelaire (Francia, 1857). En América, ello se hace evidente en la colección de poemas del poeta chileno Pablo de Rokha, publicados en 1922 bajo el título de Los gemidos.

Pero es a partir de Trilce que debemos mirar algunos aspectos que dan inicio a lo contemporáneo y a la aceleración de la historia y el encuentro con el Ángel de la Historia (al que se alude en el mito del progreso estudiado por Walter Benjamin). En Trilce encontramos “el lenguaje que es transformado, la redención que ello comporta, haciendo un recorrido que va desde el silencio al ruido, y de este a la sílaba y a la palabra, aunque en Trilce esto hubiera ocurrido de un modo inverso”, señala Héctor Hernández.

La poesía de vanguardia transita desde lo moderno a la contemporáneo y de la belleza a la libertad. Con la “corporeización de la lengua (es decir, con el proceso de conocer el lenguaje a través de la experiencia neurosensorial) se da el paso de la emoción al pensamiento. En Trilce hay una lengua fracturada en la que se registra la superposición de hasta cinco lenguajes, que Ina Salazar describe como un “proceso de transformación y de trabajo de los materiales vivos”.

En las operaciones de Vallejo con el lenguaje se advierte una suerte de “modos de consciencia”. Y en cada una de éstas hay una exploración de la palabra a la sílaba, descomposiciones de la unidad mínima que pueden llevar a la aparición del ruido, como ocurre también en los poemas de Vicente Huidobro y Oliverio Girondo.

Vallejo crea neologismos en Trilce con el propósito de elaborar un arte poética. El oxímoron “estruendo mudo” que pasa a ser estruendomudo, y es leído del derecho y del revés en el poema XIII; el término “melografía” (escritura que canta) en el poema XXVII; o la “tiplisonancia” que aparece en el poema XXV, que bien podría ser uno de tantos errores tipográficos que aparecían en la primera edición del poemario, y sobre los que Vallejo manifestó su deseo de no corregir, “quizás en un intento de corroborar una voluntad de la lengua”, apunta Hernández Montecinos.

Los poemas de Trilce permiten un juego en el que el propio lector es vanguardista en tanto que es quien da luz a una lectura transformadora del poema pero también de la cultura y la civilización.

Lecturas recomendadas:

Vallejo, C., Trilce, ed. crítica de Julio Ortega, Cátedra (Letras Hispánicas), Madrid, 2003.

28 marzo 2015

En recuerdo de Juan José Del Solar, filólogo y traductor

Juan José Del Solar, derecha, acompañado de Adrián Góngora (también desaparecido) en la Fundación Miró de Barcelona, 1997. Ambos escribieron para el diario El Comercio de Lima. 

En 1997 recibí de una editorial española el encargo de traducir del inglés un diccionario de símbolos tradicionales. Para un traductor en ese entonces novel como yo, la obra era abrumadora por lo vasto de su campo, ya que esta comprendía todas las culturas y religiones de Oriente y Occidente. Obligado a reconocer mis enormes lagunas en el tema, y a idear una manera de subsanarlas en tiempos en que los buscadores de Internet no estaban aún desarrollados, tuve la fortuna de poder acudir al filólogo y traductor Juan José Del Solar, a quien había conocido en Lima en 1992. En 1995, Del Solar recibió el Premio Nacional de España por su traducción de la Historia del doctor Johann Fausto, texto anónimo en lengua alemana del siglo XVI (publicado en Siruela, 1994). Por entonces vivía entre Sitges y Vilanova i la Geltrú, dos pueblecitos costeros del Mediterráneo catalán. Allí se refugiaba de los duros inviernos del norte de Europa desde que, a los 16 años, dejó el Perú para completar su aprendizaje de las lenguas que le permitieron seguir sus estudios en universidades de Alemania y Francia. Se graduó en Filología alemana por la Universidad de Heidelberg y posteriormente se doctoró en Literatura por la Sorbona de París.

Desde que un infarto cerebral le quitó la movilidad de medio cuerpo en 1998, Del Solar vivía relativamente apartado del ruido de los círculos culturales, pero fue siempre persona enormemente perceptiva, actitud que le ayudó a mantenerse informado sobre las conversaciones intelectuales y estéticas de su tiempo. Fue también generoso con quienes, como yo, aprendíamos el oficio de traductor, y se mostraba siempre dispuesto a compartir sus conocimientos.

En España, Del Solar se hizo conocido por sus traducciones de la obra de Elías Canetti, un novelista, dramaturgo y ensayista búlgaro en lengua alemana que fue Premio Nobel de literatura en 1981. Un año antes se había publicado su traducción de la novela Auto de fe, seguida de los ensayos La conciencia de la palabras y La antorcha al oído, en 1982, El corazón secreto del reloj (1987), El testigo oidor (1993), Masa y poder (2002) e Imágenes de una vida (2005). Así llegaron a publicarse las obras completas de Canetti en español en la editorial Galaxia Gutemberg, a finales de la primera década del 2000; en ellas Del Solar tuvo además a su cargo la edición de Masa y poder, que publicó incluyendo un perfil de la obra del autor firmado por él. Con ello consiguió fijar con rigor de filólogo, para los lectores del siglo XXI, el texto en español de este tratado fundamental del siglo XX, que sigue siendo una obra de referencia por las claves que nos proporciona Elías Canetti sobre la sociología y la política a través de sus enciclopédicos conocimientos sobre disciplinas tan diversas como la historia, la antropología y la biología.

Su dedicación a los autores que estudió le valió en 2004 el Premio Nacional, que recibió por la totalidad de su trabajo como traductor. Imagino los diálogos que pudo tener Del Solar con Canetti, quien lo había nombrado como su traductor oficial en lengua española, lo cual constituye un infrecuente honor en el mundo de las letras. Ambos se reunieron y entablaron correspondencia para repasar los conceptos y los términos que emergían de la obra del autor; sin duda tuvieron la ocasión de tratar temas como el de la diversidad de las lenguas o la emigración en Europa; el propio Canetti provenía de una familia judía de origen sefardí que fue expulsada de España en el siglo XV, y se educó en Viena y Londres; así, autor y traductor tuvieron parecidas trayectorias en tanto que emigrados y asimilados en la cultura europea, inmersos en el ambiente cosmopolita de ciudades como París, Berlín o Zúrich, donde ambos habían tenido largas estancias.

Intuyo que sus conversaciones pudieron centrarse en el encuentro y el desencuentro de las culturas y los conflictos de intereses en la vida política de su siglo, en el peso insoportable de las decisiones militares sobre los pueblos, y en las actitudes y valores que se manifiestan en el medio social en tiempos de emergencia. Por entonces, Europa se encaminaba hacia la reconstrucción y la unificación en un “tiempo de paz, seguridad y prosperidad” que se abría tras las dos guerras mundiales que la devastaron. La lectura de Masa y poder, que hoy me encuentro leyendo como homenaje a Juan José, me ha permitido alcanzar una mejor comprensión de las movilizaciones sociales que hoy vuelven a verse en Europa tras la gran crisis financiera de 2008, que ha hecho tambalear sus instituciones políticas y económicas como ya había ocurrido en el siglo pasado, pero esta vez con Occidente entero inmerso en un proceso de pérdida de su hegemonía frente a los nuevos poderes ascendentes del capitalismo global.

En su carrera como traductor y autor, Del Solar tuvo la oportunidad de dialogar con los textos de muchos autores en lengua alemana como Thomas Mann (La muerte en Venecia, publicado en Edhasa, 2006), Ingeborg Bachmann (Malina, AKAL, 2003) Goethe (Máximas y reflexiones, EDHASA, 1999) y Lichtenberg (Aforismos, EDHASA, 1991). De la obra de Franz Kafka, recibió el encargo de traducir los escritos del autor publicados en vida, que aparecieron bajo el título de su célebre relato, Ante la ley (Random House Mondadori, 2005), que incluye también “La condena”. Asimismo, tradujo a Hermann Hesse, Robert Walser y Friedrich Dürrenmatt, y la obra de la escritora de origen rumano Herta Müller, ganadora del Nobel de Literatura en 2009, cuyo discurso de aceptación al premio tuvo él la alegría de traducir; sin olvidar las traducciones del francés de El monje y el filósofo (publicada en Urano, 1998), el libro que recoge las conversaciones del monje budista Matthieu Ricard con su padre, el filósofo Jean-François Revel. Juan José Del Solar continuó trabajando hasta su fallecimiento ocurrido el 18 de abril de 2014, mientras traducía el último libro de Ricard, En defensa del altruismo (Urano, 2014).



La biblioteca de un filólogo

Al leer el trabajo de Juan José Del Solar, reconozco las lecturas que hizo como traductor para comprender lo fundamental de las obras de autores del siglo XX como Elías Canetti o Franz Kafka. Seguramente reflexionó sobre cómo presentar una actualización de la ansiedad de la modernidad del siglo XX, descrita en esas páginas anunciadoras de las sucesivas crisis vividas en el continente europeo y que hoy sirven, en muchos aspectos, como espejo para el ciudadano global. Como intelectual, Del Solar se mantuvo siempre bien documentado e informado; y por eso el valor de su biblioteca y sus archivos debería ser dado a conocer a quienes deseen estudiar el trabajo de este atento lector y traductor que amó tanto los libros.

30 agosto 2014

Las Humanidades: ¿Sin futuro en las universidades del siglo XXI?


Franciabigio, Retrato de un joven escribiendo (1522)

En el año 2008 el profesor Jordi Llovet se despidió de sus 43 años de vida universitaria con la publicación de Adiós a la universidad: el eclipse de las humanidades, publicado en 2011.
Pongo este resumen a disposición de mis amigos docentes peruanos, quienes están a punto de celebrar asambleas estatutarias generales, según lo prescrito por la nueva Ley universitaria promulgada en el mes de julio pasado.

Tuve la suerte de asistir a las clases de Literatura Comparada del profesor Llovet en la Universidad de Barcelona; un año después ocurrían en muchas ciudades universitarias europeas las protestas estudiantiles por el Plan Bolonia, que es como se conoce a la normativa que implantó el Espacio Europeo de Educación Superior, y en cuyo proceso nuestro autor tuvo un protagonismo relevante que queda bien documentado en este libro. Jordi Llovet fue pionero en los estudios de Literatura Comparada en Cataluña, y por eso narra el difícil encaje de éstos en una institución universitaria aquejada por la segregación de las facultades de Letras y sometida al dictamen burocrático de agencias pedagógicas como la inefable ANECA (la agencia española que evalúa la calidad y las acreditaciones en la educación).


Este libro reúne “un conjunto de reflexiones que pueden ser útiles para hacer más dignas las condiciones en que se desarrolla la vida de los estudiantes universitarios y el quehacer de los profesionales de la enseñanza superior  y de la educación secundaria”.

Adiós a la universidad nos permite dar una mirada al estado actual de las humanidades en la educación universitaria y vislumbrar cuál será el destino de los conocimientos acumulados por la cultura y el pensamiento en Occidente. En una época de agendas neoliberales, con el triunfo del individualismo acendrado limitado a los análisis de coste-beneficio, no es de extrañar el actual declive de los estudios de humanidades en el ámbito universitario, el cual han analizado Llovet y otros académicos de ambos lados del Atlántico.

Una definición fundamental merece ser citada aquí. ¿Cuál ha sido la función de la educación en los últimos veintitrés siglos de civilización?:
              “En el siglo IV aC, Aristóteles había escrito que el propósito fundamental de toda educación debía de ser el de crear hombres instruidos, educados en la virtud y capaces de satisfacer determinadas necesidades propias de toda sociedad. Estas tres determinaciones de la educación –el progreso del conocimiento, una buena preparación para la justa observación de un código de conducta social, moral y religiosa, y el adiestramiento para realizar tareas profesionales cualificadas– parece haber sido el trasfondo programático sobre el que debería discurrir la vida universitaria, sus planes de estudio y su incardinación en la vida social.”
El autor remarca que este ideal en realidad solo fue alcanzado en algunos momentos de la historia de la universidad europea, especialmente en el período humanista, y muy particularmente en academias privadas en las que se educaba la aristocracia, durante los años de la Ilustración, también en academias parauniversitarias,  y por último, en la universidad alemana inspirada en el modelo de Wilhelm von Humboldt. Esta reforma universitaria del estado prusiano fue la última en ser exportada a muchos de los países del continente europeo. No obstante, Llovet lamenta que, con el malogrado Plan Bolonia, será difícil que retornen las pautas humanísticas que determinaron la formación de las élites culturales de Europa desde los tiempos de Roma hasta mediados del siglo XX.

Seminarios y cursos propedéuticos

La universidad alemana del siglo XIX fue innovadora al introducir dos tipos de cursos: por una parte los cursos propedéuticos (en los dos primeros años de la carrera), y por otra, los seminarios, que fomentaban la discusión entre profesores y alumnos y estimulaban la investigación en cualquier rama del saber, todo ello asignando un papel fundamental a la Filosofía y las Letras.  Para estos estudiosos, el fin último y bien máximo de la universidad era “el arte de la crítica, de la discriminación entre lo verdadero y lo falso, lo útil y lo inútil, y la subordinación de lo más importante a lo que no es importante”, en palabras de Fichte.

Para Friedrich Schleiermacher  (1768-1834, teólogo alemán y padre de la hermenéutica moderna), el ideal de la erudición requería mucho estudio y “solo entonces se podría adquirir la habilidad de realizar investigaciones, alcanzar la innovación y presentarla a los demás al tiempo que se genera conocimiento gracias al estudio de las cosas por sí mismas”, y ello constituye la tarea fundamental de la universidad. Sin embargo, Llovet observa que ya entonces el pensador alemán advertía sobre los efectos del predominio del “espíritu profesional” en las facultades universitarias, que conducía a una estrechez en el conjunto de los estudios.

La inversión del valor entre los pragmáticos y los sabios

Llovet constata que en la actualidad las profesiones que vinculan a la universidad con la sociedad dentro de los parámetros de su progreso económico y su bienestar material forman un ramo privilegiado (economistas, abogados, médicos o ingenieros, frente a los --menos valorados-- docentes, filósofos, artistas, músicos, o curadores de ediciones, por citar algunos ejemplos).
Pero al analizar la relación entre las distintas ramas del saber, de la sociedad o la política, o entre las maneras de ordenar el trabajo a lo largo de la historia de Occidente, Llovet explica que:
              “en Grecia, Roma, la Edad Media, el Renacimiento, la Ilustración, o en tiempos de los primeros románticos, los filósofos, hombres de letras, profesores, artistas o eruditos no eran vistos como un grupo de personas indeseables, ni se pensaba que los profesionales “pragmáticos” fuesen tan valiosos como hoy en día se les considera. Ocurría más bien todo lo contrario: no olvidemos que la palabra negocio es una forma negativa de la palabra latina “ocio” (nec-otium); el buen ciudadano romano […] era aquel que se dedicaba a actividades intelectuales o legislativas –no siempre pagadas– y en Roma se consideraba una verdadera desgracia que un ciudadano libre tuviera que dedicarse a lo que todos los jóvenes de hoy quieren dedicarse, con maestrías incluidas, es decir, a los negocios y a ganar dinero: Beatus ille qui procul negotiis… (El verso inicial del poema de Horacio “Feliz el hombre que alejado de los negocios…”). Los ciudadanos romanos que se dedicaban al estudio, a la filosofía o a la literatura eran considerados la flor y nata del ordenamiento social de su tiempo y recibían un calificativo que aún hoy empleamos para designar las obras de calidad que provienen de la tradición: las llamamos “los clásicos”, una denominación que deriva de la forma en que se llamaba a los ciudadanos romanos de primera categoría, siempre ociosos, los classici”.
Llovet describe acuciosamente (en virtud de sus amplios conocimientos como editor de las obras de Kafka, Canetti, Flaubert y Baudelaire), el papel de los intelectuales en las sociedades posteriores a la Revolución Francesa y señala la paradoja de que sea justamente la democracia el sistema político que ha sido el menos favorable a la proliferación de la intelectualidad. Para ello cita los escritos de Gustave Flaubert y la defensa de la libertad de espíritu que éste hace en su obra Razones y osadías. En el siglo XIX se viven tiempos de “inflación del mito del Progreso”, un rasgo que caracterizó a las revoluciones burguesas de 1848 en Europa, y que “atentaba indisimuladamente contra aquello que debería estar presente, sin ninguna excusa, en cualquier régimen democrático verdadero: la soberanía intelectual de los ciudadanos considerados individualmente, y no a paladas, o peor aún, transformados en masa”.

Ya en el siglo XX, Elías Canetti también postularía que al escritor, y por extensión, al intelectual, ya no le quedaba otro papel que el de ser “custodio de las metamorfosis”. Por eso Llovet  opina que “el mejor servicio que la universidad puede prestarle a la sociedad en el momento histórico presente, y sobre todo en las facultades de letras, sería simplemente convertir a los estudiantes en personas suficientemente pertrechadas intelectualmente para poder hacer frente a la amenaza de disgregación de la soberanía intelectual que planea por encima del individuo contemporáneo”.

¿Ciudadanos con discernimiento en la sociedad tecnológica?

En este contexto, Llovet se felicita de que en Europa hayan nacido en las últimas décadas una serie de instituciones parauniversitarias o extrauniversitarias “en las que se practica una genuina pasión por el saber que es muy superior a la que hoy permite la vida universitaria en las facultades de Humanidades.” La lista de museos, institutos, centros de cultura contemporánea, talleres de artistas y espacios comunitarios para la práctica del arte es interminable y permite abrigar esperanzas por ver resurgir los estudios de humanidades desde una iniciativa ciudadana.

Aquí Llovet no ahorra críticas a  los dirigentes políticos de España en materia de educación pública (especialmente en los campos de la lengua, la literatura, la historia y la filosofía) por mostrarse excesivamente “complacientes” en el uso de los medios audiovisuales y por “menospreciar el propio lenguaje y todas sus posibilidades”. Y nos recuerda:
              “No es necesario remitir a los lectores a los grandes filósofos del lenguaje del romanticismo alemán, con Humboldt en primer lugar, para asumir que es difícil creer en la existencia de cualquier tipo de conocimiento racional fuera de las categorías lingüísticas; pero esto es lo que ha ocurrido en las últimas décadas, un fenómeno que parece, de momento, irreversible. Han emergido supuestos campos de un supuesto saber que se encuentran del todo desvinculados del lenguaje, y al mismo tiempo, la práctica y los métodos del saber fundados en el valor epistemológico, discursivo y dialéctico, tanto de la lengua como del habla […] (piénsese en el estudio de la literatura, en el terreno de la pedagogía, pero también en el campo de la psiquiatría), han perdido crédito”. 
En cuanto a la introducción en la educación a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y su alcance o eficacia en las sociedades democráticas (hoy llamadas sociedades abiertas por oposición al viejo orden aristocrático, de carácter cerrado socialmente), nuestro autor no puede ser más ilustrativo al darnos la siguiente perspectiva histórica:
              “Al costado de la aceptación de estos nuevos instrumentos, aparece la defensa indiscriminada y banal de la democracia como garantía del acceso universal al saber: una falacia. Es imposible construir una democracia sólida, perdurable y solvente sin tener presente que, antes que nada, la democracia debería ser el régimen político que asegurase el buen funcionamiento de la res pública (cosa pública) sobre la base indefectible de la soberanía intelectual de todos y cada uno de los miembros de una sociedad. Hace más de un siglo y medio que la democracia ha dejado de honrar este a priori, pero […] el hecho que las democracias contemporáneas se hayan desvirtuado no le resta ni un ápice de verdad a la aserción que acabamos de formular. Sin una ciudadanía emancipada desde el punto de vista intelectual, toda democracia tiende a la plutocracia, a la burocracia o a las diferentes o más sutiles formas de totalitarismo”.
Vemos así como la cultura de masas, multiplicada exponencialmente a través de Internet, ha llegado a producir lo que podríamos denominar la civilización del “ignorante informado global”; en ella se persigue mantener al público entretenido y presto a participar ávidamente de la sociedad de consumo promovida desde los medios de comunicación, y para quienes hoy se añaden los encantos de Internet y todos los artefactos teleinformáticos que se requieran para estar “conectados al mundo“ y librarnos así en familia a espectaculares pulsiones consumistas. 

Jordi Llovet alerta de la desaparación de las competencias lingüísticas en la era del homo technologicus y propone "el retorno a una pedagogía centrada en el lenguaje y en todo lo que ésta es capaz de generar --literatura, elocuencia, moral, filología, filosofía, hermenéutica y discurso histórico". Todo depende de qué civilización y qué cultura deseamos para las próximas generaciones o si nos contentamos con el panorama que hoy se dibuja, y que ha terminado por afectar el discurso público hasta reducirlo al nivel de las disputas de tráfico.