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16 abril 2020

El procomún como estrategia de supervivencia



Construir el procomún como estrategia de supervivencia durante una pandemia

Por David Bollier


David Bollier en el Aspen Institute, 2009. Foto: Joi Ito from Inbamura, Japan / CC BY
David Bollier es fundador del Commons Strategies Group. Ha escrito numerosas obras sobre el nuevo paradigma económico, político y cultural de nuestro siglo: el procomún. Publicamos aquí una versión traducida y compendiada de un artículo suyo en el que reflexiona sobre los efectos económicos, políticos y sociales de la pandemia del SARS-CoV-2 y sobre la necesidad de actuar colectivamente.

2/4/2020

La pandemia que hoy se extiende por nuestro planeta es un evento histórico destinado a cambiar muchas de las premisas de la vida moderna. Debemos actuar con rapidez para hacer frente a las emergencias, pero también aprovechar la oportunidad de reflexionar sobre un cambio de sistema a largo plazo. Si hay algo que la pandemia permite constatar (en tándem con el cambio climático) es que se deben producir profundas transformaciones en nuestros actuales sistemas políticos y económicos. Ya hemos visto que lo único que nuestras autoridades tienen previsto es el rescate de este sistema disfuncional y que, entre sus prioridades, no contemplan ningún cambio genuino.

Sin embargo, las pandemias son difíciles de ignorar, y algunas de las ideas que alguna vez fueron apartadas o descartadas por la «gente seria» —como las políticas de transición ecológica, la construcción del procomún, la acción climática, la relocalización, la soberanía alimentaria, el decrecimiento, las finanzas postcapitalistas, el ingreso básico universal, y muchas cosas más—, se nos revelan hoy como propuestas muy convincentes y de sentido común.

Aun cuando la pandemia ha sido espantosa, seamos sinceros: también ha servido para trastocar el quehacer político habitual y dar validez a nuevas e imaginativas posibilidades.

Hay muchas cosas que han dejado de ser discutibles. Para empezar, que nuestro actual sistema para el desarrollo de nuevas medicinas debería ser reformado para que los monopolios de las grandes corporaciones no puedan abusar de nosotros con precios exorbitantes y dando preferencia a los fármacos que tienen valor de mercado en vez de a la innovación. Semejante desprecio por las necesidades en salud pública es inaceptable. Y si hablamos de nuestros sistemas de atención sanitaria, es evidente que estos deben ser accesibles a todos, pues la pandemia está demostrando que el bienestar de cada persona está íntimamente relacionado con la salud colectiva. Por último, se hace patente que debemos poner coto a la destrucción de los ecosistemas si no queremos desencadenar una mayor destestabilización del planeta con la aparición de virus, la pérdida de la biodiversidad, el deterioro de los ecosistemas y otras cosas parecidas.

En este sentido, el Covid-19 está volviendo a familiarizarnos, en tanto que ciudadanos modernos, con algunas realidades humanas básicas que habíamos negado por largo tiempo:

  • Los seres humanos dependemos de sistemas vitales y biológicos a pesar de que tenemos la pretensión de haber triunfado sobre la naturaleza y sus límites materiales.

  • Somos profundamente interdependientes unos de otros, aún cuando presumimos, según la doctrina central de le economía moderna y la democracia liberal, de haber alcanzado la soberanía individual y dejado de lado las necesidades colectivas. Tal como lo expresó la premier británica Margaret Thatcher: «La sociedad no existe; solo existen los individuos».

Por más que hayamos adoptado estos supuestos generales de la vida moderna, los seres humanos estamos descubriendo que en realidad estamos programados para ayudarnos cuando nos enfrentamos a un desastre. La escritora Rebeca Solnit lo relató en su libro A Paradise Built in Hell (Un paraíso en el infierno): los terremotos, los huracanes y las explosiones de gas empujan a los seres humanos a la auto organización y a la ayuda mutua, a menudo de maneras absolutamente asombrosas y hermosas.

Este impulso humano ha sido confirmado en las historias contadas por el periodismo desde los inicios del Covid-19. Al igual que el movimiento Occupy se movilizó para prestar asistencia básica tras el paso del huracán Sandy por la ciudad de Nueva York, las redes de ayuda mutua están nuevamente surgiendo en numerosos barrios en todo el mundo, según informa el New York Times.

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Cartel sobre la gripe española, EE.UU., 1918 - Wikimedia Commons

[...]

La cultura dominante prefiere referirse a la ayuda que entre sí se prestan las personas como «voluntariado» o «altruismo». Para ser más exactos, la ayuda entre iguales consiste en un acto de construcción del procomún porque en él se registra un mayor compromiso, el cual subyace en su carácter colectivo y no es lo mismo que «hacer el bien», un término más bien paternalista. Y no debe sorprendernos que esta ayuda entre iguales pueda a veces producir desacuerdos que deben ser resueltos, pero que pueden terminar por fortalecer al procomún.

Un reflexivo artículo sobre el papel que juega el anarquismo como forma de supervivencia en la pandemia señala que la ayuda mutua consiste en la «práctica descentralizada del cuidado recíproco mediante la cual las personas que participan de una red se aseguran de que todos obtengan lo que necesitan; de este modo, todos tienen una buen razón para invertir en el bienestar de los demás. No se trata de un intercambio como compensación sino más bien de un intercambio de cuidados y recursos que crea una suerte de blindaje y resistencia frente a las adversidades que podría tener que enfrentar una comunidad». 


Cuando el estado, el mercado o la monarquía no alcanzan a asegurar las necesidades básicas, es la gente común la que da un paso adelante para idear sus propios sistemas de ayuda mutua.

 
La cuestión, por el momento problemática, es saber si el poder del estado estará en disposición de apoyar en el largo plazo las iniciativas de ayuda mutua, pues ésta podría ser vista como una amenaza para su autoridad y para los mercados. O si otros políticos, inspirados en la figura de Trump, utilizarán este momento de miedo para consolidar el control del estado, incrementar la vigilancia y anular las instancias de la gobernanza distribuida entre iguales [surgida en las últimas décadas con el advenimiento de las redes de Internet P2P].

Otra cuestión importante en el corto plazo es saber si podremos ganar el suficiente apoyo institucional para construir el procomún de manera que este movimiento no se diluya en el tiempo a medida que se disipe la consciencia de que estamos en alerta roja. Para esto, recomiendo el libro que escribí con Silke Heferich, Free, Fair and Alive (Libre, justo y de todos). Y también se puede dar una hojeada a la caja de herramientas para la gobernanza de Community Rule, o visitar Sociocracy for All [N. del T.: sobre el mismo tema, en el ámbito de España, se han creado diversas plataformas de participación ciudadana que emplean el software libre Decidim].

A lo largo de la historia, la construción del procomún ha sido una estrategia de supervivencia esencial que no tendría por qué dejar de serlo en esta ocasión. Cuando el estado, el mercado o la monarquía no alcanzan a asegurar las necesidades básicas, es la gente común la que da un paso adelante para idear sus propios sistemas de ayuda mutua.
 

Al hacerlo, están arrojando luz sobre las deficiencias estructurales de los mercados convencionales y del poder estatal. Vemos cómo las agendas políticas y la especulación a menudo han estado por delante de otras prioridades como la salud pública o las políticas de igualdad. Y ello se hace evidente en el proyecto de ley aprobado en el Congreso estadounidense para financiar el rescate de la economía con 2,2 billones de dólares. No hay más que pensar cuántas de las corporaciones tienen hoy como prioridad recoger los beneficios de su eficiencia económica al encargar la fabricación de mascarrillas quirúrgicas en el extranjero, o cerrar cualquier posibilidad de acceso a los medicamentos genéricos a precios asequibles.

Son muchos los observadores de esta pandemia que señalan que esto es solo el principio de otras crisis que ocurrirán en el futuro. No se ha dicho lo suficiente que la Covid-19 es, en parte, el resultado de una excesiva invasión demográfica en los sistemas naturales del planeta. Según Inger Andersen, directora del programa para el medio ambiente de la ONU, si los patógenos de origen animal están saltando con más facilidad a los seres humanos, ello es así por la pérdida de la biodiversidad y el hábitat en nuestro planeta.

También el ecologista Stephen Harding ha escrito un fantástico artículo sobre cómo Gaia (el planeta Tierra) pareciera estar tratando de enseñarnos sobre los peligros del comercio global sin límites: «Hoy vemos cómo una red sobreconectada puede verse alterada por la aparición local de un virus mortal que después se extiende y amplifica con rapidez por todo el sistema planetario, poniendo en jaque su resiliencia y aumentando la posibilidad de un colapso».



United Nations / CC BY-SA


Son muchos y cruciales los dilemas que enfrentamos en esta coyuntura. Debemos decidirnos por reconstruir nuestros sistemas de abastecimiento bajo criterios ecológicos y de resiliencia, desechando todas las fantasias neoliberales que pregonaban un crecimiento ilimitado de la economía y unos mercados globales estrechamente coordinados. Es el momento de desarrollar nuevos (y también viejos) modelos de agricultura, comercio y comunidades que sean sostenibles.

Todo esto requiere que consideremos honestamente la manera en que volveremos a conceptualizar y representar el poder del estado. Tal como Yuval Harari, el autor de Sapiens, lo ha expresado en el New York Times: «Nuestra primera elección será decidir entre la vigilancia totalitaria y el empoderamiento ciudadano; la segunda, entre el aislamiento entre fronteras nacionales y la solidaridad global», advierte.

La humanidad tiene que tomar una decisión. ¿Tomamos la senda de la desunión o adoptamos el camino de la solidaridad global? Si eligimos le desunión, no sólo prolongaremos la crisis, sino que probablemente veamos catástrofes aún peores en el futuro. Si optamos por la solidaridad global, saldremos victoriosos de la lucha contra el coronavirus y también de futuras pandemias y crisis que podrían cernirse sobre la humanidad en el siglo veintiuno.

Resulta obvio que yo pienso que el procomún puede contribuir en mucho al empoderamiento de la gente y la solidaridad global. La esperanza reside en la capacidad de construir, de abajo hacia arriba, nuevos sistemas de abastecimiento y cuidados que sean sostenibles, con gobernanza distribuida y participativa, equidad e inclusividad. Podemos depositar nuestras esperanzas en la posibilidad de federar los distintos procomunes de manera que estos puedan coordinarse y llegar a más personas, y hacerlo con responsabilidad, flexibilidad, efectividad y resiliencia.

Quizá las instituciones del estado podrían tener un papel positivo, principalmente ofreciendo normas de carácter general, así como su experiencia y la infraestructura. Pero además deberían centrarse en el empoderamiento de la gente y en la gobernanza a pequeña escala con el fin de generar confianza en la acción colectiva.

Todavía no sabemos cómo se desarrollará y resolverá esta pandemia. Hay demasiadas variables complejas que nos impiden predecir sus muchos efectos. Sin embargo, lo que sí ha quedado bastante claro es que la pandemia pone en cuestión MUCHOS de los elementos que el orden neoliberal asigna al estado y el mercado. Sus instituciones y liderazgo político están demostrando ser o bien disfuncionales o bien carentes de todo compromiso con la atención a las necesidades públicas. Y no es sólo cuestión de los políticos como individuos sino de un sistema que resulta problemático. No obstante, aún no han cristalizado los rudimentos de un sistema nuevo y coherente que ofrezca mejores posibilidades.

Esta puede ser nuestra ambiciosa tarea de avance. Las personas que se identifican como la gente del común y sus movimientos aliados, liberales y socialdemócratas desilusionados, y personas de buena voluntad, están llamadas a desactivar los peligros que amenazan con surgir bajo la apariencia del miedo. Pero al mismo tiempo, debemos también ser capaces de demostrar que existen nuevas formas de construir el procomún, las infraestructuras, las finanzas y las asociaciones público-comunes. Son raras las ocasiones como esta, en que vemos la perfecta alineación de necesidades y oportunidades.

Temas relacionados:

El concepto del procomún explicado por Guerrilla Translation:
El procomún en pocas palabras

Cómo se expande el virus en nuestro mundo globalizado e hiperconectado.  Conferencia en Youtube: Virus,de Adelaida Sakhadian (ISG)
Retransmisión on-line del Institut Europeu d'Humanitats, 14/03/2020

Cómo están preparándose las economías emergentes para la recesión económica: CELAG: La economía está desnuda - Pablo Wahren


30 enero 2018

Economías transformadoras de Barcelona



Fuente: www.opcions.org

Presentación del libro Economies transformadores de Barcelona


Transcurrida una década de la última crisis financiera que ha afectado la organización política, social y económica de las democracias social-liberales, y con un Estado de bienestar en franco retroceso, empiezan a perfilarse caminos alternativos para el recorrido hacia una economía centrada en las personas. Estos cambios están siendo documentados y analizados en el marco de la efervescencia política surgida en España a raíz de los movimientos 15-M y las candidaturas populares que desde el año 2015 han accedido al gobierno municipal en ciudades como Madrid, Barcelona y Valencia. A partir de estos cambios políticos, se están planteando nuevas maneras de tomar decisiones de gobierno, contando con la consulta y la participación política de la ciudadanía, e impulsando una batería de políticas públicas en el ámbito de la economía que no se habían visto en décadas.

Actualmente existen en nuestro entorno múltiples manifestaciones del movimiento de la economía social y solidaria, a partir de las cuales podemos analizar su forma jurídica, y también su funcionamiento, empleando herramientas de medición ya consolidadas. Entre estas, destacan los indicadores proporcionados por los balances y las auditorías sociales, cuya implantación y aceptación es mucho mayor que las de las auditorías de la deuda; en estas últimas, los Estados, las corporaciones y las instituciones financieras se resisten a prestar oídos o extraer conclusiones tras analizar sus decisiones sobre el rescate de los grandes bancos o la adjudicación de contratos públicos que han sido lesivos para el interés público (léase el contrato con AGBAR para el  proveimiento y gestión del saneamiento de aguas en Barcelona).

El libro que nos ocupa describe las nuevas economías como transformadoras y plurales porque, además de referirse a la economía productiva tradicional (la que ocurre en el marco de la triada conformada por un Estado redistributivo, el mercado de naturaleza competitiva y el capital financiero especulativo), también se ocupa de la denominada economía reproductiva que nos permite entender la actividad económica como un metabolismo social, alcanzado gracias a una cadena de sostenimiento de las necesidades humanas, y que comprende: las actividades social-solidarias de las cooperativas, la infraestructura que permite la cooperación social y los cuidados para la reproducción de la vida, y los ecosistemas (siempre teniendo en cuenta la histórica división social del trabajo entre hombres y mujeres).

Sostenibilidad y poder


Economies transformadores de Barcelona  tiene su origen en la “sedimentación de la experiencia” del autor como miembro de la cooperativa  Opcions y activista de los movimientos por el decrecimiento y la resolución de conflictos socioambientales, sin olvidar su compromiso con la promoción del pensamiento estratégico y feminista en el seno de la XES (red de economía solidaria de Cataluña). La publicación de este estudio ha sido posible por un encargo del Ayuntamiento de Barcelona de realizar un diagnóstico de la economía social y solidaria con el fin de formular políticas públicas dirigidas a ese ámbito.

No es casual que muchos de los conceptos presentados en el libro, de carácter político e identidad no del todo definidos, se conviertan (según su autor) en “terrenos de disputa entre diferentes visiones que sí tienen un proyecto político definido, con visiones más profundas sobre la sostenibilidad y el poder”.

Suriñach sostiene que “las batallas por los significados son especialmente relevantes cuando las distintas administraciones públicas desarrollan marcos legislativos y reguladores de estos conceptos”, tal y como se observa al traducirse estos en una mayor asignación de recursos públicos a proyectos relacionados con el ‘emprendimiento’  y la ‘innovación social’ en el ámbito municipal de Barcelona.


Algunas etiquetas y conceptos


El estudio tiene cuidado en distinguir entre los movimientos y los fenómenos de la economía alternativa. Los primeros son aquellas iniciativas que cuentan con una base social organizada y un proyecto político, mientras que los segundos son conceptos que sirven para identificar unas determinadas prácticas, en las que se observa una mayor ambigüedad, o cuya definición es menos homogénea.

En el capítulo 3, el libro se detiene muy especialmente en el movimiento de la economía colaborativa, cuyas manifestaciones son descritas como “una gradación que va desde las formas más mercantiles hasta aquellas propuestas de organización y gestión comunitaria que tienen una marcada preocupación por el común” que en último caso pasan a denominarse economía colaborativa procomún.

La economía colaborativa es un fenómeno nuevo que se ha extendido gracias al uso generalizado de las plataformas tecnológicas abiertas, descentralizadas y no jerárquicas empleadas en la sociedad en red. Sin embargo, hacen falta más estudios para averiguar hasta qué grado esta nueva economía puede en efecto considerarse transformadora, o si se trata solo de una nueva manera de realizar transacciones mercantiles desde la economía digital.

Airbnb, Deliveroo o Uber son claros ejemplos de cómo, en sus prácticas y su financiación (a menudo con fondos de inversión de capital-riesgo), algunas de estas plataformas que empezaron siendo un planteamiento de relación entre iguales o P2P[i], han terminado por convertirse en “intermediarias u orquestadoras de estas relaciones”, como apunta Suriñach. Son plataformas que, en algunos casos, definen los precios y las condiciones de las transacciones, y obtienen con ello un beneficio económico añadido mediante la extracción de datos. Por esta razón, algunos analistas las han clasificado bajo la etiqueta de capitalismo de plataforma.



“Buena parte de los esfuerzos de la economía colaborativa van dirigidos a no convertirse en un mercado absolutamente desregulado y sujeto a niveles de acumulación de poder y riqueza desproporcionados por parte de las grandes plataformas, sino en unos ámbitos de trabajo y consumo que sean co-gobernados por el conjunto de personas usuarias, trabajadoras y 'prosumidoras', desde un enfoque que busca privilegiar la aportación al común y no tanto una perspectiva eminentemente utilitarista”. (Economies transformadores de Barcelona, pág. 131. Traducción propia)

Economía plural


Al analizar el papel que juega cada movimiento de la economía social, Economies transformadores da a conocer las caras ocultas (y plurales) de la economía y sus múltiples expresiones, las cuales se ubican más o menos cerca del marco de referencia de la economía productiva, o se enmarcan en la economía reproductiva transformadora, y en el ámbito del procomún (conformado por los bienes, recursos comunes y las maneras o culturas en que estos se comparten y gestionan).

El tema del poder emerge a lo largo de la investigación: ¿qué estilo o modalidad de gestión es adoptada en cada iniciativa? ¿Cuál es la postura respecto al lucro en relación con el objeto social de la entidad? ¿Y cómo queda recogido este en el Balanç social de l'economia alternativa de Catalunya, que ha sido el punto de partida para este libro. “¿Dónde se pone la línea roja, como lo definimos? ¿Cuál es el sesgo excusable por la “construcción del mercado social?” reflexionó su autor durante la presentación del libro en el Espai Contrabandos de Barcelona.

Para Álvaro Porro (Comisionado de Economía social, desarrollo local y consumo del Ayuntamiento de Barcelona), este trabajo permite operativizar unas políticas públicas en la medida que define unas taxonomías mediante el análisis de las organizaciones que han incorporado innovaciones de gobernanza en su seno.

Ana Muñoz  la describe como una obra explicativa y descriptiva de referencia, que ilustra lo que pasa en el ámbito de la transformación social. Desde una perspectiva feminista de la economía, la experta matizó: “¿hay diferencia entre ‘asumir’ un trabajo voluntariamente y resignarse a hacer algunas clases de trabajos?”; sin olvidar que en España, hasta 1981, las mujeres necesitaban un permiso del marido para trabajar. Así, podemos decir que las líneas rojas de la economía feminista existen; sin perder de vista que es necesario romper con los espacios de opresión en el ámbito laboral.

¿Emprendimiento o inserción?


Por último, es evidente que los actores grandes dentro del ámbito de la economía social y solidaria son necesarios y deben ser visibles como actores económicos en conjunto; lo cual debe tenerse siempre en consideración si se busca generalizar una cultura de la responsabilidad y la rendición de cuentas. Para los expertos, este libro marca un cambio de etapa, pues ahora es necesario generar conversaciones transversales e identificar los retos surgidos de estas.

Ruben Suriñach apunta tres retos frente a los cuales debemos estar atentos al diálogo de los significados en los nuevos conceptos surgidos de la economía plural: en primer lugar está la escalabilidad de los proyectos (¿hasta qué punto estos son replicables y en qué dimensiones?); en segundo lugar, hay que prestar atención a la competencia que se puede generar entre distintos movimientos similares y a los obstáculos y oportunidades que esta representa; y por último, es preciso estar atentos a la tarea de conseguir una mayor participación en la propuesta de estas acciones de empoderamiento económico, para que su acceso no se limite solo a las clases medias y profesionales, y siempre procurando fomentar la hibridación de estas nuevas prácticas socioeconómicas.
____________________
Economies transformadores de Barcelona
Ruben Suriñach Padilla
Editorial Montaber
Barcelona 2017
187 páginas





[i]Método de intercambio de datos en red que permite el flujo de conocimientos de un modo abierto, descentralizado o no jerárquico.

27 septiembre 2017

Teoría y praxis de los comunes





En un tiempo en que el Estado ha perdido su papel compensador frente a la existencia de una economía de mercado hipertrofiada, lo común representa hoy la necesidad de reconstruir el espacio de los vínculos, las relaciones y los elementos que conforman lo colectivo (Subirats: 2016). 







Dado que una mayoría de habitantes del planeta viven hoy en grandes centros urbanos, las ciudades constituyen una representación concreta de los comunes, aunque no debemos perder de vista el origen rural del concepto commons; en un principio éste designaba solo las tierras o recursos comunitarios de las sociedades rurales.

Además de la agregación de los bienes y recursos culturales al concepto, hoy también se habla de los “comunes digitales”, un término general que designa los recursos producidos por la sociedad de la información y el conocimiento con el fin de ser compartidos en igualdad de condiciones por todas las partes interesadas.

Invitado por los organizadores del evento de SmartCities Expo BCN, David Bollier, autor de Pensar desde los comunes (TdeS, Madrid, 2016), hizo una reflexión sobre las ciudades como expresión de los comunes (otras veces también llamado “el Procomún”).

Bollier señala la dificultad de representar mentalmente la noción de los comunes: “muchas personas piensan que el Estado y el mercado son los únicos ámbitos significativos para actuar, ejercer el poder o gobernar. Pareciera que los comunes fueran solo una especie de nube difusa que situamos por debajo del Estado y el mercado. Pero, en realidad, los comunes tienen una definición bastante sólida que crea una categoría propia, la cual opera a veces junto con el Estado y el mercado, y otras veces lo hace de una manera menos estrecha”.

De manera sucinta, los comunes se caracterizan por ser:

  •     Un sistema social destinado a la administración de recursos en el largo plazo, que preserva unos valores compartidos y la identidad de una comunidad.
  •     Un sistema auto organizado mediante el cual las comunidades gestionan sus recursos (tanto los no renovables como los renovables) con poca o ninguna intervención del mercado o el estado.
  •     La riqueza heredada o creada en comunidad, que debe ser transferida a las nuevas generaciones de un modo incrementado o sin merma. Los dones de la naturaleza, las infraestructuras civiles, los productos y tradiciones culturales y el conocimiento quedan comprendidos dentro de esta riqueza colectiva.
  •     Un sector de la economía y de la vida que genera valor de maneras no lo suficientemente apreciadas, y que son puestas en riesgo por el Estado-mercado.

Los comunes constituyen principalmente un sistema social en el cual todos cooperamos para gestionar de manera sostenible la riqueza compartida por la comunidad.

David Bollier durante su exposición en la SmartCities Expo de Barcelona, diciembre de 2016

Los comunes tienen una soberanía propia que adquiere un sentido distinto de lo colectivo entendido desde la esfera de lo institucional-público. Para eso debemos entender la noción de enclosure (cerramiento o privatización de la riqueza compartida) sobre la cual el capitalismo ha basado su pulsión de acumulación y crecimiento infinito, la cual crea “unas ciudades excesivamente construidas, comercializadas, desiguales e injustas”.

Con el capitalismo financiero hemos construido un sistema económico que privatiza y convierte en mercancía cualquier bien resultante de la riqueza compartida. Tenemos como ejemplos el caso del genoma humano, que ha sido ya patentado en un 20 por ciento por las grandes corporaciones, cerrando el paso a la innovación y la investigación científica; o el de las aguas subterráneas y las que provienen de ríos y lagos, que se están convirtiendo en agua embotellada con etiquetas, lo cual tiene unas consecuencias ecológicas graves. Por último, Bollier señala el movimiento de especulación inmobiliaria del capitalismo global, con los fondos de inversión de China o los Emiratos que compran propiedades en las capitales europeas y afectan el perfil de nuestras ciudades.

Los cerramientos del mercado están presentes hoy en todo mundo

El control de los datos

El control privado de los datos públicos a partir del desarrollo de las redes y las infraestructuras digitales está moldeando la economía de nuestro siglo. Por eso Bollier se pregunta: ¿de qué manera podemos reclamar las ciudades como una creación soberana de los comunes, y en tanto que colectivamente pobladas y construidas a lo largo de la historia?

Lo primero es detener el proceso de cerramiento o privatización que la doctrina neoliberal impone a las infraestructuras, la vida social, el espacio público y las redes y datos de nuestras ciudades. Debemos considerarlos como nuestros recursos urbanos esenciales, o como una riqueza compartida y compartible. Ello permitirá la creación de un mayor valor a largo plazo (en comparación con el modelo privatizador); y debemos empezar a ver que los comunes son generadores de valor, y que lo hacen de maneras distintas a las de una empresa privada propietaria de dichos recursos, para la cual su prioridad es la captura de las rentas de monopolio; todo ello impide que una ciudad pueda desprenderse de un modelo de negocios estrecho de miras que genera una fuertes dependencias y que afecta su gobernanza.

Evolucionar del mero valor económico hacia un criterio más amplio que incluya el valor cívico, social y cultural, ¿es tan difícil?

El software libre

En la economía del conocimiento, tenemos el ejemplo de las licencias de los comunes, un modelo alternativo al de la propiedad intelectual aplicada en sentido estricto, que permite compartir, copiar e intercambiar la producción intelectual, y conseguir una creación de valor más intensa en términos de creatividad, información y conocimiento. Actualmente se estima que existen más de 1 200 millonesde licencias Creative Commons para obras de información y creatividad [digital] distribuidas en más de 170 países del mundo.

Lo mismo ocurre con la revolución del software libre y de código abierto, que cuenta con decenas de programas informáticos desarrollados con las contribuciones al código realizadas voluntariamente por la comunidad de programadores; los programas son a menudo el resultado de la colaboración con algunas empresas de software propietario, lo cual pone en evidencia que la creación de valor puede ser un proceso sinérgico en el que algunas partes implicadas pueden actuar desde el mercado y otras desde la comunidad. Pero la revolución del código abierto está alcanzando un nivel superior en el que es posible crear comunidades de diseño globales puestas al servicio de la producción local (véase Farm Hack para tractores e innovación agrícola, la plataforma Wikispeed usada en la fabricación de coches y Arduino para obtener placas de circuitos electrónicos).

Los comunes generan valor a largo plazo

Por otro lado, la importante cuestión del gobierno y la administración de nuestras ciudades debería abordarse a partir de unos marcos de participación ciudadana que den lugar a la creación de nuevas formas de gobierno, control y responsabilidad. Para ello, la cultura de la innovación ciudadana debe ser promovida y cultivada activamente tanto desde las instituciones como desde el conjunto de la sociedad civil. Según Bollier, la innovación tiene un aspecto tecnológico, pero es también de carácter social, como queda ejemplificado en el cuidado y regeneración del Procomún urbano de la ciudad de Bolonia mediante la constitución de una asociación público-comunal.

En la región de Cataluña, los ateneos de fabricación (o Fab Labs) constituyen otro ejemplo de cómo crear polos de producción local  para una economía pensada en clave regional. Bollier sostiene que los comunes establecen una escala de valores totalmente diferente bajo la cual las ciudades constituyen un sistema social vivo en el que las personas interactúan, cada una como agente interdependiente y creativo.

La ciudad de Nueva York ofrece también ejemplos de proyectos urbanos autogestionados por la ciudadanía y con respaldo del gobierno municipal. Su dinámico movimiento cooperativista ha desarrollado una economía colaborativa en la que las plataformas digitales compartidas han llegado a establecer vínculos e intercambios con otras regiones de EE UU.

Existen también ejemplos de fideicomisos destinados al crédito a la vivienda o a las tierras urbanas gracias a los cuales se han desarrollado jardines comunitarios dedicados a la agricultura urbana; o los bien conocidos proyectos con presupuesto participativo, que también destacan entre los casos de éxito en este ámbito de la economía social.

¿Y la democracia de los comunes?


El manejo democrático en la manera de hacer consultas, en los debates, las decisiones y la formulación de políticas públicas también tiene un lugar importante en los procesos de los comunes.

Santiago Siri del Partido de la Red (Argentina) ha planteado la necesidad de haquear las instituciones de gobierno, en el sentido de introducirse en los gobiernos con la intención de mejorar nuestras ciudades. A través de un proyecto financiado por la Democracy Earth Foundation de San Franciso, California, Siri lideró la creación de Democracy OS (democracia como sistema operativo), un software y combinador de código abierto para elevar propuestas desde los comunes con la idea de debatirlas y someterlas a votación para decidir su realización.

Siri ha planteado el problema de la confianza cuando se actúa más allá de las fronteras geográficas. ¿Qué pasa con la preservación de la identidad de los votantes, y con la limpieza de los procesos electorales y de representación? Para ello presentó el sistema Blockchain, creado por Bitcoin, un registro digital incorruptible, descentralizado y público que asegura la confianza mediante el voto encriptado.

Si actualmente nuestras democracias representativas experimentan una situación de parálisis, quizá una participación más dinámica, posibilitada por este sistema de representación de reciente creación, nos permitiría evolucionar hacia una “democracia delegativa” con mayores garantías, aunque todavía no se haya probado su infalibilidad.
  


21 marzo 2017

Datos y capitalismo cognitivo


DEBAT. Brian Eno i Evgeny Morozov Una conversa sobre tecnologia i democràcia (VO En) from CCCB on Vimeo.

Del 23 de febrero al 8 de junio se presenta un ciclo de conferencias sobre Tecnologías, Soberanía y Globalización en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Se trata de una iniciativa de colaboración estratégica propuesta por el Internet Interdiscliplinary Institute/UOC, dirigido por el sociólogo Manuel Valls, y el Institut de Govern i Polítiques Públiques de la Universidad Autónoma de Barcelona, en la que participa una red de académicos y activistas procedentes de diversos movimientos sociales que comparten una visión estratégica en el uso de las tecnologías digitales avanzadas en favor de una agenda política, social y económica para la ciudad.


¿Qué clase de sociedad digital?


En su Plan para una sociedad basada en el procomún, 
Michael Bauwens y John Restakis se refieren al capitalismo cognitivo y al principio “rentista” predominante en el capital financiero global, mediante el cual se extraen las rentas de la Propiedad Intelectual (PI). Por su parte, McKenzie Wark lo describe como una lógica de “capitalismo vectorial”, donde los vectores de la comunicación están en manos de los grandes medios y las corporaciones transnacionales encargadas de organizar su producción. 

Esta primera forma de capitalismo cognitivo surgió en la época en que las redes digitales se encontraban bajo el control exclusivo de las empresas transnacionales o de unos canales públicos centralizados y administrados por los gobiernos. Eran los tiempos anteriores al “Internet de la sociedad civil” y al uso generalizado de la Web que se inició en la década de 1990. Bajo ese sistema, el beneficio del capital depende siempre de las leyes de propiedad intelectual, que son las que crean y mantienen la escasez artificial de los conocimientos técnicos, científicos o comerciales, lo cual permite unos grandes volúmenes de ganancias para los gigantes del negocio digital como Apple y Microsoft.


En un siglo en el que las ganancias resultantes de la producción industrial han disminuido notablemente, las ganancias derivadas de la PI y del control informático de las redes de producción permiten la creación de unos monopolios que producen enormes beneficios.

En nuestra actual relación con las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y los datos recogidos y almacenados por las instituciones públicas y el sector privado, la pregunta que debemos hacernos es ¿qué clase de sociedad digital queremos, cómo visualizamos nuestras vidas en relación con estas tecnologías? 


Según Francesca Bria, Comisionada de tecnología e innovación digital del Ayuntamiento de Barcelona, existen dos perspectivas sobre los datos que produce nuestra economía digital: desde una de ellas, los datos deben ser considerados como un bien común de la ciudadanía; desde la otra, lo ideal sería perpetuar el modelo de la apropiación privada a través del “extractivismo de datos” agregados (término atribuido al periodista Evgeny Morozov) que permiten a las corporaciones digitales posicionarse como intermediarias de las infraestructuras clave de nuestra economía.

La estructura económica de nuestra sociedad está en tránsito hacia la automatización y la inteligencia artificial.
Es el momento de preguntarse por el papel que hoy cumplen las cinco grandes corporaciones de Silicon Valley en nuestra economía globalizada: Amazon, Microsoft, Facebook, Apple y Google. Una reflexión ciudadana e informada nos permitirá “establecer un nuevo pacto social sobre los datos digitales y un genuino régimen público para su titularidad”, sostiene Bria.  

El músico británico Brian Eno abrió el ciclo de conferencias en una conversación con Evgeny Morozov, autor de El desengaño de Internet (Destino, 2012). El periodista de origen bielorruso inició el diálogo haciendo referencia a los vaivenes, o al flujo y reflujo de datos que alimenta la jerarquía en toda clase de intervenciones digitales; asimismo, definió la casi olvidada ciencia cibernética (precursora de la inteligencia artificial y de nuestra sociedad tecnológica actual) como el anclaje desde el cual ha sido posible difundir la idea de una “mano invisible del mercado”, que es alimentada por la ideología neoliberal desde finales del siglo XX.

Para Brian Eno, precursor de la música algorítmica, no existe una dicotomía real entre ese supuesto libre mercado y el modelo comunista-socialista que no ofrece una variedad de productos en sus estanterías: “Hoy en día nadie cree en un libre mercado absoluto”, señaló. 



Equipo de Telecomunicaciones en un pequeño Data Center. Gregory Maxwell, Wikimedia


La privacidad en Internet, ¿un asunto menor?


Evgeny Morozov: En realidad deberíamos poder situar este debate de una manera correcta… Yo me he mostrado muy crítico con las personas que toman las revelaciones de Edward Snowden como un debate limitado al tema de la privacidad… como si al resolver el problema de la privacidad pudiéramos olvidarnos de todo lo demás. Y la forma de argumentar todo esto es a través de un curioso artilugio que funciona como modelo económico. Bajo esa lógica, si Google me ofrece un servicio de correo y búsqueda en Internet fantástico, yo acepto de buen grado que ellos me espíen y recojan una parte de mis datos, y bueno…. tendré que acostumbrarme a ver anuncios en la barra lateral de mi navegador porque a fin de cuentas se trata de un intercambio o transacción (datos a cambio de servicios de Internet) en el que ambas partes quedan satisfechas. 

En la entrega de nuestros datos a cambio de  servicios de Internet existe una segunda dimensión.
Yo sostengo que este argumento presenta un defecto porque, al producirse ese intercambio, existe una segunda dimensión en la que además de entregar mis datos para ser usados por la publicidad también se los estoy dando a Google. Y Google puede crear unos sistemas de inteligencia artificial (IA), ya que son esos datos de usuario los que alimentan dichos sistemas. Así, cuando Google le propone a un hospital o a un sistema nacional de salud: ‘Si usted paga una pequeña cuota, le ofreceremos este fantástico sistema de inteligencia que le va a permitir ahorrar mucho dinero mediante el análisis por IA de todas sus historias clínicas’, en realidad estaremos pagando dos veces: la primera vez lo habremos hecho al entregar nuestros datos a cambio de los servicios que nos da Google, pero después pagaremos otra vez por los servicios adicionales que ellos implementarán en los sectores de salud, educación, transportes, o en los coches sin conductor desarrollados a través de la inteligencia artificial. 


¿Qué es la soberanía de los datos?


EM: Yo no estoy de acuerdo con situar el debate en el ámbito de la privacidad porque, tarde o temprano, las empresas de Silicon Valley van a resolver el problema de la privacidad de la única manera que ellas conocen, es decir, mediante la creación de un producto o mercancía nuevo, ofreciéndonos un servicio por el que pagaremos 100 euros al mes para no aparecer en algunas bases de datos. O tendremos un teléfono móvil que no podrá ser monitorizado, y por el cual pagaremos 2.000 euros. También tendremos un servicio de e-mail más seguro, pero solo las personas que quieran y puedan pagarlo tendrán acceso a todo esto. Mientras tanto, la totalidad de la estructura económica de nuestra sociedad será transformada y habrá una transición hacia la automatización y la inteligencia artificial. Esto se encuentra actualmente en manos de cinco grandes corporaciones americanas y de una china (Baidu), lo cual es una realidad que debe ser reconocida por los activistas de la privacidad. El problema de la privacidad puede ser resuelto a través de los mercados, pero de un manera muy limitada.


En la economía digital no es posible visualizar dónde está depositado el valor de la mercancía.



Sin embargo, esta no puede ser la única cosa que debiera preocuparnos. Por eso es importante comprender de qué manera se crea o produce el valor además de la actividad económica. Al entregar nuestros datos para que aparezcan en las bases de datos de estas empresas también creamos valor; luego estos datos son transformados en inteligencia artificial, que a su vez será ofrecida como un servicio por el que deberemos pagar. Aunque hoy prácticamente hemos perdido de vista este circuito, me parece que si volvemos sobre sus pasos podríamos llegar a comprender cómo funciona… y decidir qué tipo de luchas o batallas podríamos emprender para no quedarnos en la cuestión de la privacidad mientras perdemos todos nuestros derechos en lo relativo a los datos.

Brian Eno: En realidad, esa segunda batalla de la que hablas no es algo sobre lo que muchos de nosotros tengamos conciencia. Por ejemplo, yo no lo sabía hasta que leí tus libros. Así que estamos ante un problema nuevo, comparativamente hablando, y que recién aparece en el horizonte. ¿Quién se va a encargar de generar el debate acerca de este problema? En primer lugar, es un asunto bastante exótico y difícil de entender para la mayoría, saber cómo se posibilitan los sistemas de IA y cómo pueden ser utilizados los datos que generamos a partir de nuestras habituales transacciones on-line. Se trata de una historia muy poco conocida.

EM: Todo depende de nuestra capacidad de ser analíticos y de comprender el proceso de creación de valor. Karl Marx solía hablar del “lugar oculto de la producción”, ese lugar que nadie ve pero en el que el valor de las cosas se crea y extrae. Cuando hablamos de mercancías reales y de fábricas, sabemos dónde queda depositado ese valor. Pero con la actual economía digital, que tiene los datos como su elemento central, no podemos visualizar eso tan claramente. Mucha gente sigue pensando que el valor reside en el lugar de la fábrica, en la manufactura, y por eso vemos que otra vez hay esfuerzos por actualizarla. ¿Pero, y si las cosas han cambiado? ¿Y si estamos viviendo ahora una transformación estructural de la economía en la cual se genera una nueva capa informacional encima de cada industria y sector de la sociedad, bien sea en la sanidad o en la educación? Si es así, ¿cómo es que aceptamos los términos de un trato que nos hace entregar nuestros datos, un recurso precioso, del mismo modo en que los indios entregaron sus tierras de manera voluntaria a los descubridores europeos en los siglos XV y XVI? Debemos entender que, en este caso, lo que se produce es la entrega de algo nuevo, algo sobre lo cual no deberíamos ser tan confiados. Más bien deberíamos preguntarnos qué clase de impulso social podría hacer frente a esto y convencernos de que tenemos exponer este asunto en todos sus aspectos.