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18 marzo 2025

Ciencia de datos y agendas feministas en Barcelona

 

 
El pasado seis de marzo tuvo lugar en Barcelona la Jornada de Datos Abiertos 2025 organizada por la Iniciativa Barcelona Open Data (IOD), que forma parte de estos encuentros desde 2017 y cuenta con el apoyo de las instituciones de gobierno catalan (Generalitat, gobiernos locales y diputaciones) así como centros de estudios y universidades.

El Big Data (metadatos) se dio a conocer hace veinte años como el resultado de la digitalización y el almacenamiento de datos en los ámbitos de la economía y finanzas, las administraciones de los estados y las instituciones científicas, muchos de los cuales son datos de carácter público. 

En 2017 los gobiernos municipales de Barcelona y Madrid eran  las capitales que entendieron el potencial de los datos en marcos de código abierto y el avance que ello significaba para la acción de la sociedad organizada, la economía política y las reivindicaciones ciudadanas desde los diversos sectores y clases del tejido social.

Con el crecimiento exponencial del manejo y recopilación de datos en la sociedad global de la información, se hizo evidente que estos no debían ser entregados únicamente a los cinco gigantes mundiales de la tecnología (GAFAM); somos también los usuarios del internet quienes estamos contribuyendo con nuestros datos como material que las corporaciones tecno digitales extraen para seguir generando productos y bases de datos que hagan posible un consumo y un control infinito, según lo requieran sus clientes.

La iniciativa de Barcelona Open Data tiene como misión «transformar datos abiertos en información de valor social, económico y ciudadano que sirva a los retos sociales e institucionales». Entre sus objetivos figura el de «incorporar el valor de los datos abiertos a proyectos de transformación social, específicamente en el ámbito de la igualdad de oportunidades de las mujeres».

La jornada de este año tuvo por título «Mujeres que lideran en datos abiertos para la igualdad». Su principal interés es el de compartir los conocimientos y la creación de herramientas de tecnología de datos  abiertos, con el fin de abordar los retos en los derechos de las mujeres y mejorar la participación y los proyectos que promueven la igualdad.
 

Mujeres en el ecosistema de los datos abiertos

Las jornadas Open Data buscan «promover la creación de redes colaborativas y soluciones digitales con impacto social y perspectiva de género». En un ambiente de diálogo, diversos grupos exponen los usos que se da a los datos abiertos, con el objetivo de «crear aplicaciones, visualizaciones, publicar análisis y promover datos» de interés para sus comunidades. 
 
La séptima edición de la jornada presentó una mirada feminista a la construcción de las tecnologías de datos abiertos orientada a los derechos de la mujer. Lourdes Muñoz, directora de IOD, señaló la importancia de abordar las brechas de igualdad, digitales y salariales que afectan a las mujeres.
 

Los datos y la agenda feminista

La primera mesa de diálogo de la jornada fue dedicada a las instituciones públicas y la estrategia de datos para la agenda feminista. Centrándose en un repaso de las instituciones públicas y la disponibilidad de sus portales de datos, Ester Manzano, directora de servicios digitales y experiencia del uso ciudadano de la Generalitat de Catalunya, señaló que los conjuntos de datos más demandados son aquellos relacionados con la atención a la mujer, el reto de la garantías ciudadanas con perspectiva de género y la población LGBTI+.

Desde la dirección de servicios de apoyo de la Diputación de Barcelona, Sara Aguilar, explicó que los datos abiertos de mayor utilidad son los del buscador oficial de información y documentación CIDO desarrollado desde su institución; a éste acude el público durante su búsqueda de información para el empleo. Asimismo, existe una visión corporativa que apuesta por el desarrollo de más proyectos que tengan acceso a los datos públicos; para ello se están firmando más acuerdos entre las diversas instancias de gobierno y la Generalitat de Catalunya como gobierno autonómico.
 
En un diálogo centrado en los laboratorios de datos y la construcción de una práctica feminista para los tecno datos, Maribel Cárdenas y Lourdes Muñoz conversaron desde la perspectiva de las políticas de igualdad a nivel municipal. Estas políticas se vienen aplicando desde La Ciba, el espacio de recursos para mujeres, innovación y economía feminista que dirige Cárdenas en el Ayuntamiento de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona metropolitana), y que es considerado como un observatorio de género y datos abiertos desde el cual se ejecutan proyectos de innovación social. 

Ambas directoras coincidieron en que «no hay políticas públicas sin datos» y que, dentro de aquellas, todavía hay carencias en las políticas feministas y de igualdad que incorporen la construcción de herramientas comunicativas. Por último, señalaron que para «crear comunidad» es indispensable animarse a construir también más herramientas de datos que tengan una visión local y sean de fácil acceso. 

En la segunda mesa se abordó el tema de las iniciativas de reutilización en los proyectos basados en el uso de datos abiertos para la agenda feminista. Se presentaron proyectos digitales que hacen uso de datos abiertos para aportar soluciones en el ámbito de los derechos de las mujeres:

Eli Vivas es la cofundadora y actual directora de Storydata, una agencia especialista en la producción del periodismo de datos. Su intervención se centró en la investigación y análisis de los datos abiertos y su uso en el servicio de comunicación global; asimismo, presentó los datos de Wiki Women, un grupo de trabajo que tiene por objetivo cerrar la brecha de género en los proyectos de Wikipedia. 

Anna Higueras (Ideas for Change) se centró en el análisis de la diversidad, la equidad y la inclusión en los proyectos de Next Generation Internet, financiados por la Comisión Europea. Higueras señaló la importancia de tener datos que aumenten la diversidad y representen a las minorías, no sólo en términos de apertura, sino también en la conceptualización y diseño de herramientas tecnológicas que utilizan estos datos.
 


Finalmente, Martha Aymerich, directora del eHealth Center (Centro de salud electrónica) de la Universidad Oberta de Catalunya (UOC), dio a conocer los resultados de un estudio sobre las «tijeras de género», que arrojan un resultado de menor participación de las mujeres en los investigaciones científicas, un efecto que perjudica a las mujeres para avanzar en su carrera científica.

Para las organizadoras de la Jornada de Datos Abiertos 2025, el encuentro ha puesto sobre la mesa la necesidad de un «enfoque digital y feminista en la creación y aplicación de datos abiertos. La jornada dejó claro que los datos abiertos no sólo son una herramienta técnica, sino también una herramienta clave para transformar la sociedad hacia la igualdad de género y en defensa de los derechos de las mujeres.


06 noviembre 2020

DECIDIM Fest

 


Democracia y tecnología en tiempos de emergencia


Del 18 al 20 de noviembre de 2020

Un encuentro on-line producido desde la ciudad de Barcelona por la plataforma digital de participación ciudadana decidim

  • 11 exposiciones temáticas
  • 3 diálogos
  • 5 Paneles con presentaciones
  Y un espacio digital para conocer a personas expertas en tecnologías cívicas, instituciones y organizaciones de la sociedad civil

¿Qué es decidim?

Decidim es una plataforma de participación ciudadana de código libre y abierto para ciudades y organizaciones. Pero Decidim es también más que una plataforma digital: es un proyecto y una infraestructura abierta que incluye código, documentación, diseño, formación, un marco legal, interfaces colaborativas, una comunidad de usuarios y facilitadores y una visión global.

Preguntas frequentes decidim

Decidim web

5w intro:

Del 18 al 20 de noviembre tendrá lugar el Decidim Festival, un encuentro online de la plataforma digital decidim (que hoy cuenta con organizaciones y ciudades participantes en el mundo dedicadas a la innovación democrática mediante las tecnologías cívicas, las redes digitales y el empoderamiento ciudadano.

Desde su implantación por diversos gobiernos locales y regionales (la ciudad de Barcelona, los gobiernos municipales de Ciudad de México y Helsinki o la regiones del Loira y Nueva Aquitania en Francia y Quebec en Canadá, entre otras), esta herramienta de participación ciudadana que funciona como una plataforma de software libre y de código abierto, ha sido adoptada por diversas organizaciones de la sociedad civil y de los movimientos ciudadanos. A través de asambleas, consultas, iniciativas y procesos realizados on-line entre sus integrantes, buscan introducir la tecnopolítica en el ADN de las democracias del siglo XXI, las cuales requieren hoy cambios urgentes que pasan por tener una infraestructura digital democratizada.

A lo largo de tres días, el programa de Decidim Fest ofrecerá la transmisión digital en directo de 20 diálogos, paneles y talleres con un elenco internacional de personas expertas, instituciones y activistas en temas como la democracia participativa, la justicia de datos, el internet feminista o los derechos humanos en tiempos de pandemia. Además, el encuentro facilitará un espacio digital para hacer contactos o networking a lo largo de los tres días que dura el evento.

¡Únete y participa en el Decidim Fest!

Inscripciones

 

Sesión del Decidim Fest 2019 sobre la economía política de los datos: Antonio Calleja (investigador IN3/UOC), Liliana Arroyo (ESADE), Mara Balestrini (Ideas for Change)


 


16 abril 2020

El procomún como estrategia de supervivencia



Construir el procomún como estrategia de supervivencia durante una pandemia

Por David Bollier


David Bollier en el Aspen Institute, 2009. Foto: Joi Ito from Inbamura, Japan / CC BY
David Bollier es fundador del Commons Strategies Group. Ha escrito numerosas obras sobre el nuevo paradigma económico, político y cultural de nuestro siglo: el procomún. Publicamos aquí una versión traducida y compendiada de un artículo suyo en el que reflexiona sobre los efectos económicos, políticos y sociales de la pandemia del SARS-CoV-2 y sobre la necesidad de actuar colectivamente.

2/4/2020

La pandemia que hoy se extiende por nuestro planeta es un evento histórico destinado a cambiar muchas de las premisas de la vida moderna. Debemos actuar con rapidez para hacer frente a las emergencias, pero también aprovechar la oportunidad de reflexionar sobre un cambio de sistema a largo plazo. Si hay algo que la pandemia permite constatar (en tándem con el cambio climático) es que se deben producir profundas transformaciones en nuestros actuales sistemas políticos y económicos. Ya hemos visto que lo único que nuestras autoridades tienen previsto es el rescate de este sistema disfuncional y que, entre sus prioridades, no contemplan ningún cambio genuino.

Sin embargo, las pandemias son difíciles de ignorar, y algunas de las ideas que alguna vez fueron apartadas o descartadas por la «gente seria» —como las políticas de transición ecológica, la construcción del procomún, la acción climática, la relocalización, la soberanía alimentaria, el decrecimiento, las finanzas postcapitalistas, el ingreso básico universal, y muchas cosas más—, se nos revelan hoy como propuestas muy convincentes y de sentido común.

Aun cuando la pandemia ha sido espantosa, seamos sinceros: también ha servido para trastocar el quehacer político habitual y dar validez a nuevas e imaginativas posibilidades.

Hay muchas cosas que han dejado de ser discutibles. Para empezar, que nuestro actual sistema para el desarrollo de nuevas medicinas debería ser reformado para que los monopolios de las grandes corporaciones no puedan abusar de nosotros con precios exorbitantes y dando preferencia a los fármacos que tienen valor de mercado en vez de a la innovación. Semejante desprecio por las necesidades en salud pública es inaceptable. Y si hablamos de nuestros sistemas de atención sanitaria, es evidente que estos deben ser accesibles a todos, pues la pandemia está demostrando que el bienestar de cada persona está íntimamente relacionado con la salud colectiva. Por último, se hace patente que debemos poner coto a la destrucción de los ecosistemas si no queremos desencadenar una mayor destestabilización del planeta con la aparición de virus, la pérdida de la biodiversidad, el deterioro de los ecosistemas y otras cosas parecidas.

En este sentido, el Covid-19 está volviendo a familiarizarnos, en tanto que ciudadanos modernos, con algunas realidades humanas básicas que habíamos negado por largo tiempo:

  • Los seres humanos dependemos de sistemas vitales y biológicos a pesar de que tenemos la pretensión de haber triunfado sobre la naturaleza y sus límites materiales.

  • Somos profundamente interdependientes unos de otros, aún cuando presumimos, según la doctrina central de le economía moderna y la democracia liberal, de haber alcanzado la soberanía individual y dejado de lado las necesidades colectivas. Tal como lo expresó la premier británica Margaret Thatcher: «La sociedad no existe; solo existen los individuos».

Por más que hayamos adoptado estos supuestos generales de la vida moderna, los seres humanos estamos descubriendo que en realidad estamos programados para ayudarnos cuando nos enfrentamos a un desastre. La escritora Rebeca Solnit lo relató en su libro A Paradise Built in Hell (Un paraíso en el infierno): los terremotos, los huracanes y las explosiones de gas empujan a los seres humanos a la auto organización y a la ayuda mutua, a menudo de maneras absolutamente asombrosas y hermosas.

Este impulso humano ha sido confirmado en las historias contadas por el periodismo desde los inicios del Covid-19. Al igual que el movimiento Occupy se movilizó para prestar asistencia básica tras el paso del huracán Sandy por la ciudad de Nueva York, las redes de ayuda mutua están nuevamente surgiendo en numerosos barrios en todo el mundo, según informa el New York Times.

[...]


Cartel sobre la gripe española, EE.UU., 1918 - Wikimedia Commons

[...]

La cultura dominante prefiere referirse a la ayuda que entre sí se prestan las personas como «voluntariado» o «altruismo». Para ser más exactos, la ayuda entre iguales consiste en un acto de construcción del procomún porque en él se registra un mayor compromiso, el cual subyace en su carácter colectivo y no es lo mismo que «hacer el bien», un término más bien paternalista. Y no debe sorprendernos que esta ayuda entre iguales pueda a veces producir desacuerdos que deben ser resueltos, pero que pueden terminar por fortalecer al procomún.

Un reflexivo artículo sobre el papel que juega el anarquismo como forma de supervivencia en la pandemia señala que la ayuda mutua consiste en la «práctica descentralizada del cuidado recíproco mediante la cual las personas que participan de una red se aseguran de que todos obtengan lo que necesitan; de este modo, todos tienen una buen razón para invertir en el bienestar de los demás. No se trata de un intercambio como compensación sino más bien de un intercambio de cuidados y recursos que crea una suerte de blindaje y resistencia frente a las adversidades que podría tener que enfrentar una comunidad». 


Cuando el estado, el mercado o la monarquía no alcanzan a asegurar las necesidades básicas, es la gente común la que da un paso adelante para idear sus propios sistemas de ayuda mutua.

 
La cuestión, por el momento problemática, es saber si el poder del estado estará en disposición de apoyar en el largo plazo las iniciativas de ayuda mutua, pues ésta podría ser vista como una amenaza para su autoridad y para los mercados. O si otros políticos, inspirados en la figura de Trump, utilizarán este momento de miedo para consolidar el control del estado, incrementar la vigilancia y anular las instancias de la gobernanza distribuida entre iguales [surgida en las últimas décadas con el advenimiento de las redes de Internet P2P].

Otra cuestión importante en el corto plazo es saber si podremos ganar el suficiente apoyo institucional para construir el procomún de manera que este movimiento no se diluya en el tiempo a medida que se disipe la consciencia de que estamos en alerta roja. Para esto, recomiendo el libro que escribí con Silke Heferich, Free, Fair and Alive (Libre, justo y de todos). Y también se puede dar una hojeada a la caja de herramientas para la gobernanza de Community Rule, o visitar Sociocracy for All [N. del T.: sobre el mismo tema, en el ámbito de España, se han creado diversas plataformas de participación ciudadana que emplean el software libre Decidim].

A lo largo de la historia, la construción del procomún ha sido una estrategia de supervivencia esencial que no tendría por qué dejar de serlo en esta ocasión. Cuando el estado, el mercado o la monarquía no alcanzan a asegurar las necesidades básicas, es la gente común la que da un paso adelante para idear sus propios sistemas de ayuda mutua.
 

Al hacerlo, están arrojando luz sobre las deficiencias estructurales de los mercados convencionales y del poder estatal. Vemos cómo las agendas políticas y la especulación a menudo han estado por delante de otras prioridades como la salud pública o las políticas de igualdad. Y ello se hace evidente en el proyecto de ley aprobado en el Congreso estadounidense para financiar el rescate de la economía con 2,2 billones de dólares. No hay más que pensar cuántas de las corporaciones tienen hoy como prioridad recoger los beneficios de su eficiencia económica al encargar la fabricación de mascarrillas quirúrgicas en el extranjero, o cerrar cualquier posibilidad de acceso a los medicamentos genéricos a precios asequibles.

Son muchos los observadores de esta pandemia que señalan que esto es solo el principio de otras crisis que ocurrirán en el futuro. No se ha dicho lo suficiente que la Covid-19 es, en parte, el resultado de una excesiva invasión demográfica en los sistemas naturales del planeta. Según Inger Andersen, directora del programa para el medio ambiente de la ONU, si los patógenos de origen animal están saltando con más facilidad a los seres humanos, ello es así por la pérdida de la biodiversidad y el hábitat en nuestro planeta.

También el ecologista Stephen Harding ha escrito un fantástico artículo sobre cómo Gaia (el planeta Tierra) pareciera estar tratando de enseñarnos sobre los peligros del comercio global sin límites: «Hoy vemos cómo una red sobreconectada puede verse alterada por la aparición local de un virus mortal que después se extiende y amplifica con rapidez por todo el sistema planetario, poniendo en jaque su resiliencia y aumentando la posibilidad de un colapso».



United Nations / CC BY-SA


Son muchos y cruciales los dilemas que enfrentamos en esta coyuntura. Debemos decidirnos por reconstruir nuestros sistemas de abastecimiento bajo criterios ecológicos y de resiliencia, desechando todas las fantasias neoliberales que pregonaban un crecimiento ilimitado de la economía y unos mercados globales estrechamente coordinados. Es el momento de desarrollar nuevos (y también viejos) modelos de agricultura, comercio y comunidades que sean sostenibles.

Todo esto requiere que consideremos honestamente la manera en que volveremos a conceptualizar y representar el poder del estado. Tal como Yuval Harari, el autor de Sapiens, lo ha expresado en el New York Times: «Nuestra primera elección será decidir entre la vigilancia totalitaria y el empoderamiento ciudadano; la segunda, entre el aislamiento entre fronteras nacionales y la solidaridad global», advierte.

La humanidad tiene que tomar una decisión. ¿Tomamos la senda de la desunión o adoptamos el camino de la solidaridad global? Si eligimos le desunión, no sólo prolongaremos la crisis, sino que probablemente veamos catástrofes aún peores en el futuro. Si optamos por la solidaridad global, saldremos victoriosos de la lucha contra el coronavirus y también de futuras pandemias y crisis que podrían cernirse sobre la humanidad en el siglo veintiuno.

Resulta obvio que yo pienso que el procomún puede contribuir en mucho al empoderamiento de la gente y la solidaridad global. La esperanza reside en la capacidad de construir, de abajo hacia arriba, nuevos sistemas de abastecimiento y cuidados que sean sostenibles, con gobernanza distribuida y participativa, equidad e inclusividad. Podemos depositar nuestras esperanzas en la posibilidad de federar los distintos procomunes de manera que estos puedan coordinarse y llegar a más personas, y hacerlo con responsabilidad, flexibilidad, efectividad y resiliencia.

Quizá las instituciones del estado podrían tener un papel positivo, principalmente ofreciendo normas de carácter general, así como su experiencia y la infraestructura. Pero además deberían centrarse en el empoderamiento de la gente y en la gobernanza a pequeña escala con el fin de generar confianza en la acción colectiva.

Todavía no sabemos cómo se desarrollará y resolverá esta pandemia. Hay demasiadas variables complejas que nos impiden predecir sus muchos efectos. Sin embargo, lo que sí ha quedado bastante claro es que la pandemia pone en cuestión MUCHOS de los elementos que el orden neoliberal asigna al estado y el mercado. Sus instituciones y liderazgo político están demostrando ser o bien disfuncionales o bien carentes de todo compromiso con la atención a las necesidades públicas. Y no es sólo cuestión de los políticos como individuos sino de un sistema que resulta problemático. No obstante, aún no han cristalizado los rudimentos de un sistema nuevo y coherente que ofrezca mejores posibilidades.

Esta puede ser nuestra ambiciosa tarea de avance. Las personas que se identifican como la gente del común y sus movimientos aliados, liberales y socialdemócratas desilusionados, y personas de buena voluntad, están llamadas a desactivar los peligros que amenazan con surgir bajo la apariencia del miedo. Pero al mismo tiempo, debemos también ser capaces de demostrar que existen nuevas formas de construir el procomún, las infraestructuras, las finanzas y las asociaciones público-comunes. Son raras las ocasiones como esta, en que vemos la perfecta alineación de necesidades y oportunidades.

Temas relacionados:

El concepto del procomún explicado por Guerrilla Translation:
El procomún en pocas palabras

Cómo se expande el virus en nuestro mundo globalizado e hiperconectado.  Conferencia en Youtube: Virus,de Adelaida Sakhadian (ISG)
Retransmisión on-line del Institut Europeu d'Humanitats, 14/03/2020

Cómo están preparándose las economías emergentes para la recesión económica: CELAG: La economía está desnuda - Pablo Wahren


18 noviembre 2019

Una comunidad de código abierto para las democracias del siglo 21


Las tecnologías cívicas van más allá de la experienia del usuario como simple consumidor


¿Es posible fundar una comunidad a partir de la creación colectiva de un código digital para la participación ciudadana? La plataforma Decidim es un ejemplo vital y dinámico de que "sí se puede". Este proyecto de democracia participativa de código libre para ciudades y organizaciones nació en España al calor de los gobiernos del cambio surgidos en ciudades como Madrid, Barcelona y Valencia tras las elecciones locales de 2015.

Conviene aclarar que una 'comunidad' no hace aquí referencia a ninguna identidad grupal en particular, sino a la modalidad de trabajo que es propia de la comunidad científica. Su método requiere compartir los hallazgos de los experimentos, debatir sus resultados y mejorar desarrollos posteriores con el fin de adquirir un mayor conocimiento de aquello que se estudia; todo ello con el fin de encontrar posibles aplicaciones destinadas a solucionar una problemática determinada, preferentemente desde la perspectiva del bien común y de las disciplinas múltiples.

Un orden neoliberal está socavando los cimientos de las instituciones democráticas basadas en los derechos humanos que habíamos acordado en el siglo pasado.


En el caso que nos ocupa, se busca mejorar, y cambiar si es preciso, las herramientas o mecanismos democráticos de gobierno, control y decisión, que van desde los procesos y presupuestos participativos y las iniciativas ciudadanas hasta la posibilidad el darnos nuevas leyes de forma abierta, segura y democrática mediante el uso de la tecnología digital. 

Transcurridas casi dos décadas del siglo 21, la democracia representativa está perdiendo la capacidad de cumplir su cometido en un tiempo en el que se impone un orden neoliberal que socava los cimientos de las instituciones democráticas basadas en los derechos humanos acordadas en el siglo pasado. Así, vemos que surgen, desde la voluntad popular, propuestas que pugnan por la creación de mecanismos de democracia directa en las cuales se cuenta con la participación de la ciudadanía, en un marco deliberativo que permita llegar a la toma de decisiones conjuntas, facilitada esta vez por las llamadas tecnologías cívicas.

Entendemos por tecnologías cívicas al conjunto de herramientas o procedimientos (validados) y protocolos propios de las tecnologías digitales aplicadas a la información y la comunicación, que posibilitan la participación y el fortalecimiento de la ciudadanía con el fin último de mejorar la gobernanza y procurar el bienestar al interior de sus comunidades.

Tras la adopción de la plataforma Decidim Barcelona por el Ayuntamiento de Barcelona en 2017, activistas sociales y profesionales entre los que se incluye a personas que provienen de las ciencias sociales o políticas y la ingeniería para el desarrollo de software, han debatido el futuro de Decidim, utilizando el propio mecanismo de participación digital creado por ellas y proponiendo la "gobernanza democrática" de una comunidad abierta con la finalidad de seguir innovando en las instituciones de gobierno. Para ello se creó la plataforma Metadecidim y se abrió el proceso decidim.GOV, gracias al cual quedó definida la misión y visión de la comunidad así como sus valores como organización. 

En su asamblea fundacional de febrero de 2019, Decidim quedó conformada como una asociación que cuenta con una "estructura democrática de participación ciudadana".
Decidim ha sido registrada como entidad jurídica en Barcelona bajo el título de "Asociación de software libre Decidim", según anunció su coordinador, Guillem Marpons, a finales de octubre. La entidad tiene por objetivo asegurar la diversidad de sus vías de financiación (hasta la fecha ha sido financiada con el encargo recibido del Ayuntamiento de Barcelona para desarrollar su plataforma ciudadana haciendo uso del software libre), velar por la calidad del código en el que se basa su software (especialmente en las actuaciones de reingeniería o refactoring), y promover un diseño y desarrollo democráticos en la creación de todos sus módulos.

Decidim ha adoptado un Contrato Social que recoge los principios del uso del software libre y de contenido abierto: transparencia, trazabilidad e integridad


En el convenio recién firmado con el Ayuntamiento de Barcelona y el consorcio LOCALRET (entidad impulsora de la sociedad de la información en el ámbito municipal de Cataluña), se reconoce a la asociación Decidim como la "legítima responsable de la gestión del patrimonio ciudadano y digital, resultado del proyecto Decidim". 

El Contrato social recientemente aprobado por su asamblea contiene un conjunto de principios a los que sus integrantes se adhieren al utilizar, desarrollar o participar del código de Decidim:
  • Esto va unido al compromiso de la propia plataforma digital de garantizar la igualdad de oportunidades, el uso de indicadores de calidad y la confidencialidad de los datos.

Por su parte, Virgile Deville de Open Source Politics presentó los resultados del Decidim Day celebrado en Francia el pasado mes de setiembre, y al que asistieron 150 participantes de cuatro países para conocer de cerca el desarrollo del software libre Decidim y sus aplicaciones como tecnologías cívicas para la democracia participativa así como el marco conceptual de la Tecnopolítica.

Con 100 administraciones locales o regionales y otras entidades actualmente utilizando Decidim en Europa y América Latina, los próximos pasos de la asociación se dirigen a la creación de un comité de garantías democráticas que elabore un Código ético y un Reglamento interno para finales de 2020.






27 septiembre 2017

Teoría y praxis de los comunes





En un tiempo en que el Estado ha perdido su papel compensador frente a la existencia de una economía de mercado hipertrofiada, lo común representa hoy la necesidad de reconstruir el espacio de los vínculos, las relaciones y los elementos que conforman lo colectivo (Subirats: 2016). 







Dado que una mayoría de habitantes del planeta viven hoy en grandes centros urbanos, las ciudades constituyen una representación concreta de los comunes, aunque no debemos perder de vista el origen rural del concepto commons; en un principio éste designaba solo las tierras o recursos comunitarios de las sociedades rurales.

Además de la agregación de los bienes y recursos culturales al concepto, hoy también se habla de los “comunes digitales”, un término general que designa los recursos producidos por la sociedad de la información y el conocimiento con el fin de ser compartidos en igualdad de condiciones por todas las partes interesadas.

Invitado por los organizadores del evento de SmartCities Expo BCN, David Bollier, autor de Pensar desde los comunes (TdeS, Madrid, 2016), hizo una reflexión sobre las ciudades como expresión de los comunes (otras veces también llamado “el Procomún”).

Bollier señala la dificultad de representar mentalmente la noción de los comunes: “muchas personas piensan que el Estado y el mercado son los únicos ámbitos significativos para actuar, ejercer el poder o gobernar. Pareciera que los comunes fueran solo una especie de nube difusa que situamos por debajo del Estado y el mercado. Pero, en realidad, los comunes tienen una definición bastante sólida que crea una categoría propia, la cual opera a veces junto con el Estado y el mercado, y otras veces lo hace de una manera menos estrecha”.

De manera sucinta, los comunes se caracterizan por ser:

  •     Un sistema social destinado a la administración de recursos en el largo plazo, que preserva unos valores compartidos y la identidad de una comunidad.
  •     Un sistema auto organizado mediante el cual las comunidades gestionan sus recursos (tanto los no renovables como los renovables) con poca o ninguna intervención del mercado o el estado.
  •     La riqueza heredada o creada en comunidad, que debe ser transferida a las nuevas generaciones de un modo incrementado o sin merma. Los dones de la naturaleza, las infraestructuras civiles, los productos y tradiciones culturales y el conocimiento quedan comprendidos dentro de esta riqueza colectiva.
  •     Un sector de la economía y de la vida que genera valor de maneras no lo suficientemente apreciadas, y que son puestas en riesgo por el Estado-mercado.

Los comunes constituyen principalmente un sistema social en el cual todos cooperamos para gestionar de manera sostenible la riqueza compartida por la comunidad.

David Bollier durante su exposición en la SmartCities Expo de Barcelona, diciembre de 2016

Los comunes tienen una soberanía propia que adquiere un sentido distinto de lo colectivo entendido desde la esfera de lo institucional-público. Para eso debemos entender la noción de enclosure (cerramiento o privatización de la riqueza compartida) sobre la cual el capitalismo ha basado su pulsión de acumulación y crecimiento infinito, la cual crea “unas ciudades excesivamente construidas, comercializadas, desiguales e injustas”.

Con el capitalismo financiero hemos construido un sistema económico que privatiza y convierte en mercancía cualquier bien resultante de la riqueza compartida. Tenemos como ejemplos el caso del genoma humano, que ha sido ya patentado en un 20 por ciento por las grandes corporaciones, cerrando el paso a la innovación y la investigación científica; o el de las aguas subterráneas y las que provienen de ríos y lagos, que se están convirtiendo en agua embotellada con etiquetas, lo cual tiene unas consecuencias ecológicas graves. Por último, Bollier señala el movimiento de especulación inmobiliaria del capitalismo global, con los fondos de inversión de China o los Emiratos que compran propiedades en las capitales europeas y afectan el perfil de nuestras ciudades.

Los cerramientos del mercado están presentes hoy en todo mundo

El control de los datos

El control privado de los datos públicos a partir del desarrollo de las redes y las infraestructuras digitales está moldeando la economía de nuestro siglo. Por eso Bollier se pregunta: ¿de qué manera podemos reclamar las ciudades como una creación soberana de los comunes, y en tanto que colectivamente pobladas y construidas a lo largo de la historia?

Lo primero es detener el proceso de cerramiento o privatización que la doctrina neoliberal impone a las infraestructuras, la vida social, el espacio público y las redes y datos de nuestras ciudades. Debemos considerarlos como nuestros recursos urbanos esenciales, o como una riqueza compartida y compartible. Ello permitirá la creación de un mayor valor a largo plazo (en comparación con el modelo privatizador); y debemos empezar a ver que los comunes son generadores de valor, y que lo hacen de maneras distintas a las de una empresa privada propietaria de dichos recursos, para la cual su prioridad es la captura de las rentas de monopolio; todo ello impide que una ciudad pueda desprenderse de un modelo de negocios estrecho de miras que genera una fuertes dependencias y que afecta su gobernanza.

Evolucionar del mero valor económico hacia un criterio más amplio que incluya el valor cívico, social y cultural, ¿es tan difícil?

El software libre

En la economía del conocimiento, tenemos el ejemplo de las licencias de los comunes, un modelo alternativo al de la propiedad intelectual aplicada en sentido estricto, que permite compartir, copiar e intercambiar la producción intelectual, y conseguir una creación de valor más intensa en términos de creatividad, información y conocimiento. Actualmente se estima que existen más de 1 200 millonesde licencias Creative Commons para obras de información y creatividad [digital] distribuidas en más de 170 países del mundo.

Lo mismo ocurre con la revolución del software libre y de código abierto, que cuenta con decenas de programas informáticos desarrollados con las contribuciones al código realizadas voluntariamente por la comunidad de programadores; los programas son a menudo el resultado de la colaboración con algunas empresas de software propietario, lo cual pone en evidencia que la creación de valor puede ser un proceso sinérgico en el que algunas partes implicadas pueden actuar desde el mercado y otras desde la comunidad. Pero la revolución del código abierto está alcanzando un nivel superior en el que es posible crear comunidades de diseño globales puestas al servicio de la producción local (véase Farm Hack para tractores e innovación agrícola, la plataforma Wikispeed usada en la fabricación de coches y Arduino para obtener placas de circuitos electrónicos).

Los comunes generan valor a largo plazo

Por otro lado, la importante cuestión del gobierno y la administración de nuestras ciudades debería abordarse a partir de unos marcos de participación ciudadana que den lugar a la creación de nuevas formas de gobierno, control y responsabilidad. Para ello, la cultura de la innovación ciudadana debe ser promovida y cultivada activamente tanto desde las instituciones como desde el conjunto de la sociedad civil. Según Bollier, la innovación tiene un aspecto tecnológico, pero es también de carácter social, como queda ejemplificado en el cuidado y regeneración del Procomún urbano de la ciudad de Bolonia mediante la constitución de una asociación público-comunal.

En la región de Cataluña, los ateneos de fabricación (o Fab Labs) constituyen otro ejemplo de cómo crear polos de producción local  para una economía pensada en clave regional. Bollier sostiene que los comunes establecen una escala de valores totalmente diferente bajo la cual las ciudades constituyen un sistema social vivo en el que las personas interactúan, cada una como agente interdependiente y creativo.

La ciudad de Nueva York ofrece también ejemplos de proyectos urbanos autogestionados por la ciudadanía y con respaldo del gobierno municipal. Su dinámico movimiento cooperativista ha desarrollado una economía colaborativa en la que las plataformas digitales compartidas han llegado a establecer vínculos e intercambios con otras regiones de EE UU.

Existen también ejemplos de fideicomisos destinados al crédito a la vivienda o a las tierras urbanas gracias a los cuales se han desarrollado jardines comunitarios dedicados a la agricultura urbana; o los bien conocidos proyectos con presupuesto participativo, que también destacan entre los casos de éxito en este ámbito de la economía social.

¿Y la democracia de los comunes?


El manejo democrático en la manera de hacer consultas, en los debates, las decisiones y la formulación de políticas públicas también tiene un lugar importante en los procesos de los comunes.

Santiago Siri del Partido de la Red (Argentina) ha planteado la necesidad de haquear las instituciones de gobierno, en el sentido de introducirse en los gobiernos con la intención de mejorar nuestras ciudades. A través de un proyecto financiado por la Democracy Earth Foundation de San Franciso, California, Siri lideró la creación de Democracy OS (democracia como sistema operativo), un software y combinador de código abierto para elevar propuestas desde los comunes con la idea de debatirlas y someterlas a votación para decidir su realización.

Siri ha planteado el problema de la confianza cuando se actúa más allá de las fronteras geográficas. ¿Qué pasa con la preservación de la identidad de los votantes, y con la limpieza de los procesos electorales y de representación? Para ello presentó el sistema Blockchain, creado por Bitcoin, un registro digital incorruptible, descentralizado y público que asegura la confianza mediante el voto encriptado.

Si actualmente nuestras democracias representativas experimentan una situación de parálisis, quizá una participación más dinámica, posibilitada por este sistema de representación de reciente creación, nos permitiría evolucionar hacia una “democracia delegativa” con mayores garantías, aunque todavía no se haya probado su infalibilidad.
  


03 febrero 2017

Monedas alternativas y democracia participativa


















Conversación con Denis “Jaromil” Roio, filósofo, programador y hackctivista de dyne.org, un laboratorio de software para la innovación técnica y social con sede en Ámsterdam. Jaromil actualmente estudia y experimenta con las tecnologías descentralizadas para la participación ciudadana en el marco del proyecto D-Cent de la Comisión Europea.


Nuestro trabajo con las monedas alternativas empezó en el año 2008, junto con otros colegas programadores, con la iniciativa del observatorio de monedas alternativas complementarias, que fue bautizado como Dindi, una palabra que en Italia y en Brasil hace referencia al dinero suelto que llevamos en el bolsillo. Desde el observatorio intentamos definir, en líneas generales, un discurso acerca de la moneda complementaria, algo que no solo se refiriese al rechazo populista a los impuestos o cosas por el estilo, sino que explorase el dinero como un medio, el medio más extendido en el mundo, y en sus posibles formas innovadoras, en lo social y en lo político, incluso antes de abordar lo estrictamente tecnológico. Y así publicamos el resultado de nuestras investigaciones, intercambiando materiales e intentando compartir/traspasar lo que habíamos descubierto al respecto. Esa fue nuestra forma de trabajar hasta que conocimos a la coordinadora de proyectos de D-Cent, Francesca Bria, y vimos que podíamos dedicar a la experimentación una parte de este proyecto de investigación que trata fundamentalmente de la democracia participativa. Así fue como definimos un vector de investigación para la moneda, considerando que, en un sentido democrático, los presupuestos participativos vienen después de la fase de toma de decisiones, y son lo que permite tener una visión general de la forma en que se gastan los recursos, para no perderlos de vista.

El otro término, democracia digital (E-democracy), es más popular, y a menudo se usa para referirnos a la democracia por medios electrónicos, es decir, que pone mucho énfasis en la cuestión de la tecnología... Yo empleo deliberadamente el término democracia participativa porque no hay necesariamente una intención de ser mediadores en la parte tecnológica del proceso. ... Hay que recordar que la tecnología es a menudo compleja, que es difícil de comprender y manejar. Este proceso en realidad trata de abrirse a la participación, puesto que éste es precisamente el signo de la crisis de nuestro tiempo: la crisis de la participación política. La gente no cree en la democracia, hay una gran abstención electoral, y esta desafección por los procesos de toma de decisiones es lo que constituye el mayor defecto de las democracias hoy en día... la gente debe identificarse con los procesos decisorios, así que es probable que debamos eliminar a los intermediarios, y esto es algo que no solo se hace con dispositivos electrónicos, aun cuando estos puedan facilitarnos mucho las cosas... por eso es que no ponemos el énfasis en el término democracia digital sino más bien en el de democracia participativa, que a su vez va emparejada con el concepto de presupuesto participativo.

Moneda complementaria

La moneda complementaria es un instrumento o un dispositivo que permite manejar el valor y construir un sentido colectivo para ese valor. Pongamos por caso que además del concepto del dinero como un medio absolutamente neutral se podría dar un proceso de construcción (Creación) de valores que son recompensados, y que estos son complementarios a determinados servicios que todos necesitamos. Por ejemplo, un sistema de transporte, o quizá el propio sistema tributario, y que estos pudieran aceptar algunas monedas complementarias para así fomentar la circulación de conductas éticamente aceptadas, las que a su vez serían remuneradas con estas monedas. Lo que de verdad daría la fuerza a esta moneda es la posibilidad de utilizarla y requerirla en contextos comunes a todos.

Imaginemos un barrio que hace algo por aliviar a la ciudad de las tareas de mantenimiento en su sector, bien sea estando a cargo de las áreas verdes, tomando las decisiones más razonables para sus habitantes, o bien involucrando a todos sus miembros en un proceso. Es el propio barrio quien se organizará para proponer determinados proyectos y activarlos. Por supuesto, aquí estamos hablando de las tareas típicas del voluntariado, que podría ser recompensado de manera que sea sostenible, y donde las personas que participasen más activamente en esta suerte de proceso podrían encontrar un incentivo en hacer lo que hacen. El incentivo podría ser en forma de moneda complementaria, la cual sería emitida y controlada por la comunidad. La moneda podría incluso ser validada por la ciudad, y ser empleada para cosas que todo el mundo necesita como, por ejemplo, el transporte o un porcentaje de los impuestos a pagar, de manera tal que hubiera un incentivo real para involucrarnos en una actividad como voluntarios. Esto también tendría un impacto en la economía de las personas que son activas dentro de su comunidad y que añaden lo que yo llamo un “valor biopolítico” al proceso porque son útiles a su comunidad. En los tiempos de deriva neoliberal que nos ha tocado vivir, hay muchas personas que son cada vez menos remuneradas por el trabajo que hacen, y cada vez menos valoradas [como personas] también.

Qué es D-Cent

Es un proyecto que se refiere a la descentralización del poder desde el mismo título: Tecnologías descentralizadas de participación ciudadana. Se trata más bien de un movimiento sin afiliación política que hemos visto desarrollarse en los últimos 50 años y que se hace evidente en los movimientos políticos actuales. Si comparamos las “viejas formas” políticas de los partidos, vemos que siempre hay unos líderes que tratan de comunicarse con su base de votantes para ganarse su aprobación por lo que deciden. Pero en D-Cent hemos observado que existen partidos de nueva generación con los que estamos trabajando por toda Europa y que tienen una manera de trabajar completamente distinta. Son agrupaciones que funcionan con los #hashtags, que son conceptos. Cuando hacemos circular las ideas, los conceptos pasan a ocupar el centro, no ya las personas o los líderes. La gente empieza a agruparse, y las personas pueden ir cambiando. Y lo que vemos en las visualizaciones [de datos] que hemos elaborado es que las redes no quedan conformadas desde una persona hacia la multitud, sino desde la multitud hacia la multitud, y que esta multitud es capaz de ser más minuciosa en su percepción de un problema. Con ello se trasciende el prejuicio que pudiera tener una u otra facción política al respecto. Y así puede llegarse al meollo de las preocupaciones ciudadanas o de las personas que habitan un barrio, porque estas hablarán, en realidad, de cosas muy concretas. Pensamos que este es el futuro de la democracia, el mejor futuro que podemos imaginar. Y nosotros intentamos que esta descentralización sea realmente posible.

Visualización de las redes de Internet

Consenso informado y Democracia participativa

Hay varias cosas que anotar en relación con el tema del consenso informado, el poder de los medios de comunicación, y sobre cómo este poder va a quedar distribuido y descentralizado. Mi principal preocupación desde la perspectiva de D-Cent es que el dinero, o lo que es lo mismo, el valor que le es asignado, también es lo que alimenta a los aparatos mediáticos actuales a nivel de masas. 

Si se quiere distribuir información, se necesitan recursos y, de un modo paradójico, en Europa estamos viendo cómo algunos magnates tienen una posición dominante en el paisaje mediático, y justamente, su dominio se basa en tener un poder no democrático que se excede en su control, hasta el punto de reinventar la realidad y de contárnosla según como ellos la ven. El poder de producir medios de comunicación, de disponer de un entorno favorable a la libertad de expresión no es solo una elección política. También depende de los recursos, porque los medios son ahora muy complejos, y se requiere de mucho tiempo, recursos y experiencia para producirlos. Vemos que el principio de “sigue el dinero” (en alusión al método de periodismo investigativo seguido por Bob Woodward y Carl Bernstein en el Caso Watergate) no se aplica solo después de que la decisión ha sido tomada sino también antes; porque si queremos un consenso informado que sea lo más neutral posible, necesitamos tener una plataformas [digitales] en igualdad de condiciones, para que todas las personas puedan producir su propia interpretación de la realidad, y también ser capaces de mantenerse informadas por sí mismas. Desde D-Cent vimos que estos [nuevos] movimientos políticos funcionan así. O bien desarrollan su propia plataforma o bien se apropian de las ya existentes. Y se muestran muy activas en propagar su interpretación de la realidad aunque dispongan de pocos medios [económicos]. Por tanto, estos medios podrían ser creados a través de la moneda complementaria y de proyectos de moneda alternativa, pero también podrían ser inventados y conectados entre sí a partir de lo que ya existe. Por eso decimos que D-Cent tiene un enfoque modular para el desarrollo de las herramientas. Así que no desarrollamos un solo producto que solucione todos los problemas. Más bien desmontamos las partes de un problema y desarrollamos componentes tecnológicos específicos dedicados a hacer una sola cosa, y a hacerla bien. Así tenemos la administración única de identidad mediante entrada única en Internet, la notificación de incidencias según los informes de actividad y otras como Freecoin, por supuesto, que es la moneda social, lo que da una transparencia sobre el contexto en el que se produce el intercambio entre las personas y permite a la comunidad visualizar de qué manera circula el valor.

La cartera social Freecoin

El tema de la transparencia es sin duda de gran importancia. Pero esta no tiene por sí sola un impacto político. No basta con ser políticamente conscientes de lo que está ocurriendo. La transparencia debe ir asociada al concepto de integridad contextual, de la privacidad. Y sin embargo, la transparencia es necesaria en el ámbito de los comunes y en un contexto público porque la gente necesita llegar a un consenso informado siendo conscientes de lo que está ocurriendo; necesitan también ser capaces de seguir el flujo de los recursos y la manera en que estos son asignados.
Y en este sentido, lo que determina el resultado final es la confianza. No existe una batalla en Europa –y yo espero que no vuelva a producirse una nunca más– pero sí existe un reto. 

El reto apunta a que en los últimos 50 años de la financiación [pública] debieron haber surgido unas realidades, pero que esto no ocurrió porque no hicimos un seguimiento adecuado de estos fondos,  a dónde iban, o si no fueron bien gastados, o no fueron gastados en absoluto. Así que el reto consiste en realidad en crear un proceso de transparencia para esta suerte de intercambio mutuo de recursos y para el crecimiento que Europa quiere estimular por todo el espectro de su comunidad. También consiste en entender cómo se podrían mejorar los lugares en los que nos fijamos mediante la concesión de recursos.

Hay relatos que hemos observado desde D-Cent al analizar y participar en los procesos de Europa, especialmente en Finlandia, Islandia y España. Hemos constatado la existencia de diversos procesos. La mayoría ya existían antes, por supuesto, y nosotros nos unimos a unos procesos que se habían autoorganizado previamente. En Islandia, el Partido Pirata ya había llegado al Parlamento con este enfoque muy claro de plantear un proceso participativo y de formar alianzas y adoptar posturas éticas con los movimientos verdes de su país, abriendo posibilidades de participación para la ciudadanía a través de mecanismos de toma de decisiones. Nosotros llegamos en esas circunstancias para articular con ellos, pero comprendíamos que no íbamos a ofrecer una solución definitiva. Al contrario, quizá ellos tenían algo que enseñarnos. Así que pienso, cuando actuamos en este campo, que sugerir que nosotros vamos a "enseñar" a la gente de Europa a hacer estas cosas constituye un relato tóxico. Sería completamente tóxico. Es necesario observar lo que ya existe, aprender de esas lecciones... quizás intentar construir las herramientas que puedan conectar con todo ello. Y de dotar de una voz a esas realidades que no están representadas porque en el paisaje mediático de los grandes magnates solo hay lugar para las historias de éxito de aquellas mismas personas que producen los medios, mientras que las otras son personas comunes y corrientes. Pensemos en España, que constituye un gran caso. La gente se puso en marcha con el movimiento de los indignados del 15 de mayo de 2011. 

Salieron a las plazas a protestar por la crisis financiera, la austeridad y el hecho de que ellos tuvieran que pagar por la crisis de confianza que enfrentaban los bancos. Ellos demostraron que la confianza existe en abundancia en los movimientos de base, que las personas pueden confiar entre ellas hasta el punto organizar una acampada en una plaza sin que hubiera problemas entre ellos hasta que llegó la policía y los golpeó. Era una gran demostración de la riqueza de un Estado impulsado por los comunes. Y estas personas han conseguido, en el plazo de 5 años, constituir una asamblea, comprender y definir sus objetivos, crear un partido, más partidos como Podemos, que fue el iniciador, y luego surgieron otros partidos en torno a distintas preocupaciones, hasta que llegaron al poder en ciudades como Barcelona y Madrid, y también en el Parlamento Europeo. Estas personas pasaron de ser unos movimientos nacidos en la calle a ser capaces de establecer un relato, adquirir el lenguaje de las instituciones y sentarse en la mesa para presentar a sus votantes y a los asuntos que les conciernen. Pienso que la gente [de la calle] es el futuro de la política en Europa. No podemos seguir tratando solo con burocracias que tienen experiencia, pero que están distanciadas del sentimiento de la gente de la calle.

Algoritmos y política

Existe una intensa negociación política en los algoritmos porque, en realidad, ellos realizan todos los cálculos en los que se basan nuestra declaración de impuestos, las facturas del gas y de la luz... todo es hecho con algoritmos, con la operación de contar y luego generar una factura que debemos pagar si queremos participar en la sociedad. Lamentablemente es verdad que una buena parte de las negociaciones políticas reside actualmente en el algoritmo. Por una parte debemos combatir esto –y esto lo digo como programador– y mantener siempre la suposición de [que existe] un “mundo abierto”, teniendo en cuenta que siempre existe lo desconocido, que no lo sabemos todo y que no podemos subsumir el mundo de las posibilidades en unas cuantas reglas. Siempre debe dejarse un canal abierto que permita la interacción humana y la posibilidad de renegociar las reglas. Y aunque suene socialista (lo que Foucault definía como un socialismo de parches ("patchwork"), para que exista un gobierno es necesario que exista la posibilidad de formular esos “parches”. Por otra parte, pienso que necesitamos más educación acerca de la creación de los algoritmos, y también necesitamos más lenguajes humanos, con un enfoque más humano –incluso posthumano– que incluya a todas las otras formas de vida que pueden articularse en esta formulación. El lenguaje es, pues, muy importante; la elección del lenguaje que empleamos para formular estas reglas, la arquitectura posibilitada por estas reglas, así como su funcionamiento y la manera en que somos capaces de negociarlas en sentido político. Yo sugiero tres soluciones básicas: En primer lugar, mantener la “suposición de un mundo abierto”, seguido de una mayor educación sobre estos procesos, y no solo en lo técnico, sino en lo relativo a la tecnopolítica, a la educación tecnosocial. 

Debemos trascender el concepto de la tecnología como un ámbito en sí mismo. La tecnología está afectando a todo el espectro porque hablamos de un híbrido que afecta tanto a las Ciencias como a las Humanidades cada vez que fabricamos un nuevo dispositivo y lo ponemos en manos de la gente. Y en tercer lugar, por supuesto, están los lenguajes. Hay que ser más conscientes del lenguaje y de las modalidades que empleamos. En D-Cent lo hemos hecho. Al elegir el dialecto LISP, hemos adoptado un lenguaje funcional, no imperativo y sin Estado, lo cual deja menos espacio para incurrir en errores de programación. Los problemas fueron resueltos mediante suites de testeo completo. Cada parte del código es testeada con todas sus posibles entradas y salidas... y por supuesto, asumimos que puede haber más... de modo que nos tomamos un tiempo para producir la tecnología. No vamos sacándonos conejos de la manga sino que preferimos trabajar de manera constante.
[...]

El futuro del dinero

Hablando honestamente y con una agenda abierta: nuestra visión acerca del futuro [del] dinero, es especialmente la que se refleja en nuestro [proyecto] Dindi en el observatorio. Y siguiendo las enseñanzas de Bernard Lietaer y de Margrit Kennedy, dos investigadores que se centraron en este problema antes que nosotros, tenemos una visión de monedas múltiples, una visión que privilegia la formación de valor basándose en los valores tangibles que encontramos en nuestra vida diaria. Es un intento de volver a conectar con el valor de cambio, el medio por el valor, con los procesos de producción y no como una abstracción completa, que ha sido bautizada como “financiarización” a partir de los trabajos de David Haken y Christian Marazzi. Es necesario distanciarnos de esa abstracción y hacer que la gente vuelva a conectar con los procesos de toma de decisiones propios de la democracia, y también con la asignación de valor en las transacciones. 

Quizá no podamos salvar aquello que llamamos las finanzas, pero debemos reinventar un contexto en el que las transacciones de valor puedan ocurrir. Ciertamente, no estamos proponiendo un horizonte como el que proponen el FMI y otras instituciones que cultivan la masa monetaria a nivel mundial y [el sistema de] créditos. No visualizamos un futuro con una moneda única que representaría la totalidad de los deseos humanos, los sistemas de valor y todo aquello que circula en torno a ello. Ese medio, que es uno entre una diversidad de medios, debería ser un “medio húmedo” como lo define Roy Ascott. Debería ser más maleable o adaptable a las situaciones reales. Sus operaciones no deberían ser realizadas por calculadoras ultrarrápidas, sino que debería ir al ritmo de la producción humana. Y en el punto en que hoy nos encontramos, para que esto ocurra debemos admitir la posibilidad de tener monedas complementarias, e incluso programas de moneda alternativa.


A lo largo de casi 3 años de investigación en D-Cent he aprendido que existe una forma de ser activista en la calle, que es algo que solía hacer antes de involucrarme en este proyecto que cuenta con fondos de la Comisión Europea. Hay una manera de hacer que estas cuestiones sean tratadas en los lugares donde se toman las decisiones. Los votantes deberían tener siempre cabida en estos lugares, pues son ellos quienes habitan la Europa de hoy. Se trata del proceso de construcción de una comunidad política. Y yo he aprendido que no debemos abandonar la idea de Europa. Debemos estar allí, organizarnos, representarnos a nosotros mismos, validar nuestras ideas, nuestras investigaciones, quizá refinando nuestras expectativas mediante un proceso que puede ser científico, y también interdisciplinario, lo que es muy importante si queremos seguir siendo escuchados por el Consejo [Europeo]. Y para ser realmente escuchados debemos movilizar a la gente en un número suficiente. El diálogo tiene que provenir de ambas partes. Yo he comprendido la importancia del carácter interdisciplinario en todo esto. No es posible trabajar con una sola persona, y además, el Arte es de gran importancia. Todos estos movimientos solo son capaces de imaginar mundos posibles, dejar atrás la estrechez de criterios y proponer nuevos vectores de investigación que superen lo que se ha hecho tradicionalmente... Es una capacidad que es atributo de los artistas, y por eso debemos incluirlos. Un artista no solo se ocupa de difundir un proyecto. Un artista de verdad toma parte en el diseño, concibe un proceso a partir de una visión imaginativa.