22 febrero 2011

El arte de la edición











[Foto: el poeta T.S. Eliot, uno de los editores más destacados del siglo pasado]

Una de las ventajas de estar permanentemente conectados al ADSL –desventajas, tiene muchas, pero eso sería tema para otra entrada– es que podemos consultar de manera inmediata los enlaces que nos mandan nuestros compañeros de profesión; es lo que me ocurrió con la sugerencia que recibí a través de la lista del Àgora de Traductors Digitals, mientras hacía una pausa en la traducción de las aburridas actas de la reunión del directorio de un cliente corporativo.

En un artículo de Alex Clark, aparecido el 11 de febrero en el diario británico The Guardian, el autor hace un repaso a las hoy cada vez menos ejercida función de corrector de manuscritos o a la de corrector de pruebas de impresión. Ante un panorama editorial que adopta irremisiblemente el soporte digital, los libros de papel empezarán a ser cada vez más infrecuentes, sin que ello comporte necesariamente la erradicación de los errores de imprenta que en ocasiones arruinan el carácter celebratorio que puede tener el acto de la lectura.

Para Clark, en el mundo editorial son ya cosa del pasado los interminables almuerzos bien regados con bebida y las fiestas donde todo el mundo echaba humo; y se pregunta si también ha pasado a la historia la corrección rigurosa, casi línea a línea, de los libros destinados a ser publicados, como una consecuencia de agresivas y apresuradas políticas de marketing y de ventas.

Al margen de los problemas técnicos que pueden producirse en cualquier proceso de publicación y amargarles la vida a escritores, editores y lectores por igual (cuando éstos pasan inadvertidos y terminan imprimiéndose), Clark se pregunta por “el destino que se reserva al autor cuando su magna obra entra en la cadena de producción editorial. Desde hace años –casi tantos como algunas personas llevan pronosticando la muerte del libro–, se murmura en el mundo editorial que hoy en día los libros sencillamente ya no se editan del modo como solía hacerse; nos referimos tanto a la edición a gran escala que exigía el replanteamiento de una trama, unos personajes o el tono (del lenguaje) como a un nivel más detallista, que asegure la exactitud, por ejemplo, del más mínimo hecho histórico o geográfico. Con ello se sugiere que el tiempo y el esfuerzo que se dedica al libro se han visto contraídos por consideraciones presupuestarias y de personal, porque el mundo editorial contemporáneo se ha desplazado hacia los grandes conglomerados empresariales, y por el mayor énfasis puesto en las campañas de ventas y de marketing, que persiguen el suministro eficiente de productos para un medio minorista que se orienta a la venta de menos títulos, pero en mayores cantidades. Para decirlo a grandes rasgos, se trata de saber si la figura del editor obsesionado con las palabras que, lápiz rojo en mano, estudia minuciosamente un manuscrito, ha dado paso a la del empresario prodigioso, siempre atento a los últimos vaivenes del mercado y más familiarizado con un Tweet que con una metáfora”.

En su reflexión sobre el mundo del libro, Clark señala que cabe especular sobre la naturaleza del texto tal como lo hemos conocido hasta ahora, lo que esperamos del mismo y lo que le exigimos como lectores. Es comprensible, dice, que los lectores dedicados sientan rabia cuando se encuentran con errores gramaticales o de bulto, o faltas ortográficas en un libro que han comprado. Pero si admitimos que hoy en día proliferan toda clase de contenidos generados por los usuarios de Internet y que existe una demanda por verse satisfechos de manera instantánea; no debe sorprendernos que la calidad y la atención en los detalles dejen de ser prioritarias también en esta industria: lo importante es la rapidez y la economía –y éstas terminan relegando el placer del texto a un mero encuentro sexual furtivo, de cabriolas poco memorables con los pantalones o las bragas bajados.

07 febrero 2011

De crisis y soluciones (o cómo los “chicos de Davos” ven otra película global)













Justo cuando se iniciaban en enero las reuniones de los líderes económicos del planeta en la exclusiva ciudad alpina de Davos (Suiza), terminaba yo mi lectura del libro de Susan George, Sus crisis, nuestras soluciones (Icaria editorial, Barcelona, 2010, 271 págs.), un revelador ensayo sobre la gran crisis financiera mundial y de congelación del crédito en la que estamos inmersos desde el año 2008.

Socióloga de formación, estadounidense de nacimiento y francesa de adopción, George es fundadora del Transnational Institute (TNI) y una de las impulsoras de la Tasa Tobin, un impuesto a las transacciones financieras en la economía globalizada y digital del siglo XXI. Junto con algunos economistas y técnicos en comercio internacional de la asociación ATTAC, ha realizado estudios que demuestran la viabilidad de establecer dicha tasa para contribuir al auxilio de la ciudadanía en tiempos de crisis. Solo por esta propuesta, la señora George no es santo de ninguna devoción en los parquets o las cities del mundo de las altas finanzas ni en las corporaciones transnacionales. Desde 1974 ha participado y contribuido en los foros internacionales de lucha contra el hambre y la pobreza en el seno de la ONU, señalando la hipocresía y la inacción que subyacen en los episodios crónicos de desabastecimiento de alimentos en los países del Sur global afectados por sucesivas crisis políticas, económicas o climáticas.
George destaca cómo –paradójicamente– en la fase actual del capitalismo global, sus defensores han hecho buen uso del concepto marxista de hegemonía cultural que fue formulado por Antonio Gramsci en el siglo XIX: un neoliberalismo que propugna la libertad para la innovación financiera sin que ninguna regulación la limite, y el dogma privatizador neoliberal elevado a los altares en la década de 1970 por el economista Milton Friedman en la Universidad de Chicago. Las políticas neoliberales se implantaron gracias a una operación de marketing social de cuya aplicación práctica dieron ejemplo Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan y su reaganomics, propugnada durante su presidencia de los EE UU a partir de 1981. Junto con los cambios ideológicos ocurridos tras la caída de la Unión Soviética, George sitúa en el horizonte evolutivo de la civilización planetaria la aparición del llamado “hombre de Davos”:
“Sus ideas son prácticamente las mismas en todas partes. Dado que sigue forzosamente las reglas capitalistas, mantiene la economía en un estado crónico de sobreproducción y no necesita la mayor parte de la mano de obra del mundo. La democracia se interpone en su camino, y si le hace falta arrastrarnos a las miserias del siglo XIX y tiene la libertad para hacerlo, pues eso hará. Si en el proceso destruye la sociedad y el planeta, lástima.”

Para George, además, el servilismo cómplice de los gobiernos del G-20 ha dejado fuera de la gobernanza global a muchos países, lo que les permite a ellos gobernar en nombre de “los chicos de Davos” y de los intereses y directrices de las corporaciones transnacionales. La única esperanza de cambio en este contexto es el de una ciudadanía que se niegue a obedecer y ejerza una presión pública constante que lleve a procesos de transformación; se trata de obligar a los gobiernos a “reinar en el sector privado, especialmente en los conglomerados financieros, y colocar a la gente y el planeta por delante de la acumulación y los beneficios, en un contexto social mucho más cooperativo”. George advierte que la acción local de incidencia política en cada estado es fundamental, por el papel que el estado individual juega en la vida en democracia: –no es posible una democracia por encima del nivel estatal– señala. Y pone como ejemplo el que los ciudadanos europeos no ejerzan hoy casi ningún control sobre las decisiones de la Unión Europea y su arremetida contra los servicios públicos y el Estado de bienestar forjado con mucho esfuerzo tras la II Guerra Mundial. La autora opina que en una economía capitalista, “no se trata de decir si o no al mercado”, sino más bien de centrarse en qué artículos deben ser vendidos o comprados a unos precios con arreglo a la ley de la oferta y la demanda, y cuáles deben ser considerados bienes o servicios comunes o públicos, cuyo precio debería ser fijado en función de su utilidad social.
Al analizar los muros o cárceles que impiden hacer frente a esta gran crisis sistémica del capitalismo, sitúa en primer lugar al muro de las finanzas y señala que la presente crisis se inició cuando “los bancos se hicieron demasiado grandes para fracasar”. Esta crisis se ha llevado por delante a millones de empleos en el mundo, endeudando e hipotecando las pensiones de las personas de a pie para así poder rescatar a las instituciones financieras por sus malos manejos (hasta la primavera de 2009 se llevaban gastados cinco billones de dólares para salvar a los bancos: un cinco seguido de doce ceros). Para alcanzar tamaño descalabro fue crucial el establecimiento de la doctrina neoliberal de la economía de mercado en la vida política. Susan George explica los entresijos del mercado interbancario y permite al lector comprender cómo en la era neoliberal se pasaron por alto las normas de la Ley Glass-Steagall, que separaba la banca comercial de la banca de inversión, vigente en EE UU desde el gobierno de Franklin D. Roosevelt en 1933, en tiempos de la Gran Depresión originada por el crac de la bolsa de 1929.
Con los nuevos mercados financieros surgidos gracias a la desregulación, bancos como JP Morgan y entidades de inversión como Lehman Brothers también empezaron a saltarse a la garrocha los acuerdos del Comité de Supervisión Bancaria de Basilea (Suiza), que establecen que los bancos deben cumplir con el requisito de tener suficiente capital para igualar al menos el 8% de los activos ponderados por riesgo.
Con el beneplácito de la Reserva Federal estadounidense, se cambiaron las reglas del juego, lo que permitió la creación de gigantes corporativos financieros: así nació Citigroup en 1988, de la fusión de Citicorp (sector bancario) y Travelers Group (seguros y títulos). La industria financiera inició una febril campaña de lobby, con 450 millones de dólares gastados en ese concepto y en aportaciones financieras a las campañas electorales de miembros del Congreso, hasta que consiguieron derogar la Ley Glass-Steagall. A partir de entonces, se inventaron unos productos financieros derivados, como sacados del menú de una coctelería que ostentara el rótulo genérico de “vehículos de inversión estructurada” (SIV), en honor de los activos subyacentes en los que se basan. Desde allí hasta la deuda hipotecaria, la burbuja inmobiliaria y la economía de casino que se derrumbó en 2008, no hubo más que un paso para hacernos caer en el abismo, muchas veces con el aval de la agencias calificadoras, vendidas al mejor postor y contribuyendo a la creación de los ya célebres activos tóxicos.
En el segundo capítulo de su libro, Susan George analiza el muro de la pobreza y la desigualdad, para lo cual propone un método novedoso: en lugar de estudiar la pobreza, sería más productivo estudiar la riqueza y a quienes la poseen, generalmente estas riquezas se encuentran depositadas en los paraísos fiscales. Para ello proporciona valiosos enlaces en Internet, como el de la Comisión noruega sobre fuga de capitales desde países en desarrollo.
El tercer capítulo, sobre la crisis de los recursos, está muy bien documentado y es fruto de la amplia experiencia de George en el movimiento de lucha contra el hambre. La crisis de recursos coloca a los alimentos y el agua fuera del alcance de millones de personas en el mundo:
“la comida está justo en la encrucijada de las crisis económica, social y financiera, y procura un ejemplo gráfico de cómo éstas se refuerzan mutuamente. Esto pone de relieve la nueva realidad de la imprevisibilidad de los precios causantes del hambre, que tiene poco o nada que ver con las circunstancias locales”.

George opina que las llamadas soluciones ecológicas como el agrocombustible (etanol para vehículos) son medidas destructivas e ineficientes que a la larga hacen pasar más hambre a la gente, y en cambio argumenta a favor de la soberanía alimentaria que defiende la organización internacional Vía Campesina; el concepto contempla una producción que sea enteramente de carácter local, compatible con economías de escala, que utilice semillas autóctonas y mantenga la biodiversidad, bajo técnicas de cultivo sostenibles que respetan el suelo y los recursos hídricos. Para la autora resulta intolerable que los gobiernos del mundo tomen decisiones políticas sin tener en cuenta las medidas que ya en 1970 y 1980 propugnaba la Asamblea Mundial de los Alimentos. Tres décadas después, el pobre rendimiento agrícola de vastas regiones del planeta como consecuencia de megaproyectos depredadores y desarrollistas es la principal causa de la desnutrición endémica y el hambre que azota a cientos de millones de personas. A pesar de ello, las fracasadas políticas impuestas por el Banco Mundial y el FMI desde la década de 1960 son ahora reemplazadas por los llamados “Nuevos Arreglos Tecnológicos Mejorados” implementados mediante soluciones propuestas por transnacionales de la agroindustria. George vaticina que en África estos proyectos acarrearán una mayor destrucción de las tierras cultivables y alejarán aún más a los pequeños agricultores de la soberanía alimentaria.
El agua es otro recurso que la autora define como el “producto capitalista perfecto” sobre cuyo acceso se observa una creciente desigualdad, en la medida en que se está convirtiendo en una mercancía apetecible para la economía capitalista. Existen en el mundo nueve países grandes del planeta que poseen el 60% de las existencias mundiales de agua dulce disponible (en América del Sur, Brasil y Colombia). Algunos de estos países con economías emergentes, como China, están dilapidando y contaminando irremisiblemente sus fuentes de agua debido a un crecimiento industrial exponencial. Se estima que dos tercios de la población mundial vivirán en el año 2030 en países con tensión hídrica, con una mala distribución entre los sectores de la actividad económica (doméstico, agrícola e industrial), que en muchos países condena a las capas más pobres de la población a no tener agua potable. Y en este contexto, el control de la contaminación hídrica y el reciclado de las aguas residuales se han convertido en un negocio que genera miles de millones para los transnacionales del sector, y para quienes los sectores pobres no son considerados como “usuarios” con capacidad de compra. George además da buenas razones para oponerse a la creciente tendencia a la privatización del tratamiento y distribución del agua. Esta actividad no se beneficia de la competencia, como ocurre con el sector manufacturero o los servicios corrientes; se trata de un “monopolio natural” que no debería ser propiedad de ninguna empresa privada, sino más bien contar con una única autoridad pública supervisora de la red y sus diversos componentes, atendiendo a su eficiencia y a la relación entre coste y beneficio.
Aunque algunos de los pronósticos de este libro tengan un cierto tono apocalíptico, las crecientes desigualdades, aceleradas por la bomba de tiempo demográfica, las crisis climáticas y el derrumbe financiero no permiten ser muy optimista sobre un horizonte inmediato de paz y seguridad a nivel mundial. En su diagnóstico del mundo de las finanzas, hace referencia en tono algo festivo a diversos hallazgos científicos divulgados en la revista New Scientist (por ejemplo, que los niveles de testosterona de los operadores de Wall Street ejercieron su influencia negativa al traicionar la confianza en los negocios y las decisiones financieras de las bolsas), pero no cabe duda que conoce jugosos detalles antropométricos e inmorales de los peces gordos del capitalismo global y los golpes maestros asestados a los poderes públicos de EE UU y a las economías de los que otrora fueron países desarrollados.
Además, acierta en recalcar que la apatía de la ciudadanía puede hacer que avancen y se instituyan unas políticas que nos lleven al abismo: populismo político, abandono de los servicios públicos, blindaje de fronteras frente a oleadas de refugiados por catástrofes medioambientales, conculcación de derechos fundamentales, etc.) En este sentido, la revolución democrática que actualmente protagonizan los países árabes tras décadas de tiranías, indudablemente activada por todos estos componentes negativos, quizás nos sirva de revulsivo para actuar como ciudadanos comprometidos con nuestra realidad local, pero también preocupados por el destino del planeta que legamos a las próximas generaciones.

01 diciembre 2010

Dia mundial de la epidemia del Sida













Prevención y tratamiento del VIH /Sida
  • Metas de acceso universal a los antirretrovirales, aún por cumplirse en América Latina y el Caribe
  • Más de la mitad de los 1.4 millones de personas con VIH y Sida en la región no tienen acceso a los tratamientos que salvan sus vidas

UN AÑO PARA NO OLVIDAR


Recife, Brasil, 1 de diciembre de 2010

La 26 ª Sesión Especial de la Asamblea General de Naciones Unidas (UNGASS) sobre el VIH y el SIDA,celebrada en 2001, estableció un compromiso mundial para combatir la epidemia con plazos definidos(2003, 2005 y 2010) y los indicadores para hacer frente a la crisis del VIH y el SIDA, teniendo en cuenta las particularidades de las diferentes regiones y países. Sin embargo, a pesar de los importantes progresos realizados hacia la consecución de los objetivos de acceso universal, el objetivo de alcanzarlo antes de 2010 no se ha cumplido y el SIDA sigue siendo un desafío excepcional que merece una atención excepcional.

Se constató que, a finales de 2010, la prevención del VIH está fallando en la mayoría de los países,todavía los gobiernos han incumplido sus compromisos de aumentar el gasto para lograr el más alto nivel posible de salud; los países desarrollados no han cumplido con su compromiso de destinar el 0,7% delProducto Nacional Bruto para impulsar ayuda oficial al desarrollo (AOD). Tampoco podemos olvidar que en2010 los países y fundaciones donantes se comprometieron con menos de 12 mil millones de dólares quedando lejos del mínimo necesario de 20 mil millones de dólares para que el Fondo Global contra el SIDA,Tuberculosis y Malaria pueda financiar apropiadamente el enfrentamiento de las tres enfermedades. En ese año también muchos países Latinoamericanos pueden tornarse inelegibles a acceder a financiación del Fondo Global.

En diciembre de 2009, casi la mitad de las personas que necesitan tratamiento ARV tenían acceso en el Caribe donde el SIDA sigue siendo la causa principal de muerte en personas entre las edades de 20‐59 años y el número de mujeres que viven con el VIH sigue creciendo. Las mujeres jóvenes representan el 50%de todas las personas con VIH, y 59% en Guyana, Trinidad y Belice. Aunque Haití y República Dominicana cuentan con el 70% de las PVVS en la región, las tasas más altas de prevalencia existen entre las poblaciones mucho más pequeñas, tales como las Bahamas (3%), Guyana (2.5) y Surinam (2,4%). Las tasas de prevalencia dentro de las poblaciones en situación de mayor vulnerabilidad reflejan una gran variación entre los territorios más grandes y más pequeños: los HSH cuentan el 6,1% de las PVVS en República Dominicana y el 32% en Jamaica, y las trabajadoras sexuales 2,1% en República Dominicana, el 27% en Guyana y 21% en Jamaica.

Sólo el 42% de 1,4 millones de PVVS en Centro y Sur América están recibiendo la cobertura de tratamiento antirretroviral. En 2009 fuimos testigos de un aumento débil de 6% en la cobertura deantirretrovirales en la región en comparación con un promedio mundial del 30%. Aunque el número de muertes anuales en todo el mundo relacionadas con el SIDA sea cada vez menor, en esta región, el número de muertes se ha estabilizado sin ninguna indicación hasta el momento de declive. Aunque las epidemias son concentradas ‐ la prevalencia en algunos grupos de jóvenes de las ciudades que tienen sexo con hombres llega a más del 10%, mayor que en Europa y América del Norte ‐ se está extendiendo másrápidamente a través de la transmisión heterosexual. En Argentina, por ejemplo, se estima que cuatro decada cinco nuevos diagnósticos de VIH a mediados de la década de 2000 se produjeron por vía sexual, principalmente heterosexual, y el 43% de las nuevas infecciones por el VIH en el Perú son atribuidos a transmisión heterosexual. Más de un cuarto de los 2 millones de personas en América Central y del Sur que se inyecta drogas podría estar viviendo con el VIH. Los presos y los detenidos también tienen una alta prevalencia del VIH, al igual que en São Paulo (Brasil) cerca de un 6% de los reclusos varones dieron positivo para el virus.

Todavía hace falta en nuestras regiones la transparencia en la toma de decisiones en el diseño,implementación, asignación de recursos, seguimiento y evaluación de políticas y programas de lucha contra el VIH, así como también hacen falta las medidas fuertes contra la . En el año 2010 está claro que el compromiso de Acceso Universal (AU) para prevención, tratamiento, atención y apoyo del VIH y el SIDA,aún debe ser mantenido. LACCASO urge a todos los gobiernos a implementar ¡10 ACCIONES AHORA!

1. Tratar el SIDA no solamente como un problema de salud, pero como una cuestión de derechos humanos y de desarrollo.
2. Aumentar la cantidad, calidad y enfoque de las inversiones ‐ tanto por fuentes nacionales cuanto por la asistencia internacional cuando sea necesario ‐ para garantizar el acceso universal a la prevención y el tratamiento del VIH y el SIDA, así como a la salud y derechos sexuales y reproductivos para todas las personas.
3. Aumentar las inversiones para la igualdad de género y los derechos humanos, asegurando que loscompromisos financieros respectivos se apliquen efectivamente y continuamente.
4. Aumentar el número de PVVS en todos procesos políticos de toma de decisiones, garantizando laparticipación efectiva de las personas con la experiencia necesaria en el diseño y evaluación de programascontra el SIDA, incluidas las trabajadoras sexuales, personas que consumen drogas y personas transgénero.
5. Diseñar programas y servicios para jóvenes y adolescentes personalizados e integrados en SSR y VIH y elSIDA que se basen en las necesidades expresadas.6. Implementar la educación sexual universal e integral dentro y fuera de las escuelas, que incluya contenidos sobre la equidad de género y las cuestiones LGBTI para disminuir el estigma y la violencia.
7. Hacer disponibles los condones masculinos y femeninos para quienes los necesitan y proporcionar información que permita a las personas jóvenes a tomar decisiones informadas.
8. Implementar mecanismos de monitoreo y rendición de cuentas ‐ que incluyan la sociedad civil ‐ para salvaguardar los derechos humanos y medir la entrega de servicios, instalaciones, suministros y equipos para VIH y el SIDA adecuados, y personal competente.
9. Aumentar los fondos para que la sociedad civil pueda fortalecer los esfuerzos y monitorear los compromisos gubernamentales a nivel nacional, regional y mundial sobre el VIH y el SIDA.
10. Inmediatamente vigilar que no se formulen leyes que penalizan la transmisión no intencional o laexposición al VIH.

Alessandra Nilo
Secretaria Regional de LACCASO
Consejo latinoamericano de organizaciones para el VIH/Sida


15 noviembre 2010

Latinoamérica y su «boom»


Definiciones críticas para una cultura y una economía en expansión

Octubre es un mes pródigo en España para encuentros y debates en torno a la literatura. En la estela del Tercer Congreso de Nuevos Narradores Iberoamericanos celebrado en junio en Madrid, la reentrée (o vuelta al cole) de este año nos trajo los festivales “Hecho en América” (Barcelona y Menorca), el Viva América (Madrid) y el Hay Festival (Segovia).
En el encuentro de Barcelona, Fet a América invitó a Ignacio Echevarria, crítico literario y editor de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, a reflexionar sobre la identidad de una narrativa latinoamericana. El crítico señaló que la programación de un sinnúmero de festivales literarios le produce incomodidad, pues en su opinión, la cultura no siempre es fiesta, y más bien requiere de actitudes sosegadas, reflexiones y lecturas pausadas que permitan que emerja la crítica literaria en un panorama en exceso controlado por los criterios comerciales y empresariales de las pomposamente denominadas industrias culturales.
Echevarria opina que cualquier prefijo o adjetivo empleado para identificar a nuestra literatura —sea “hispano-, latino- o ibero”— produce entre los autores preguntados una gran indiferencia. Sin embargo, es posible detenerse en la descripción de algunos rasgos caracterizadores de esta literatura. En primer lugar, el hecho de que buena parte de la literatura de este subcontinente haya sido escrita fuera del territorio —muchas veces en el exilio—, bien por motivos políticos o bien por razones personales. En cualquier caso, es posible detectar una voluntad de extraterritorialidad en sus autores, una afirmación en el desarraigo como marca de extrañamiento. Para ello, bastaría con ver el índice onomástico de cualquier obra que aborde esta literatura: los apellidos nos remiten al planeta entero. Echevarría ve en ello un signo inequívoco de la “transculturalización” del mundo contemporáneo, del que V.S. Naipaul constituiría un ejemplo, por el transterramiento y la transculturalización del autor, que ejerce una subyugación desde la periferia hacia el centro.
José Donoso reconoce que a partir del decenio de 1950, los novelistas en ciernes de la generación del «boom» miraban casi exclusivamente no sólo fuera de América Hispana, sino también más allá del idioma mismo, buscando “la contaminación deformante con literaturas y lenguas extranjeras”(Faulkner, Woolf, Joyce, Kafka, Mann y Céline, pero también Durrell y Fowles): “nos encontrábamos que en la generación inmediatamente precedente a la nuestra no sólo no teníamos casi a nadie que nos proporcionara estímulo literario, sino que incluso encontramos una actitud hostil al ver que los nuevos novelistas se desviaban del consuetudinario camino de la realidad comprobable, utilitaria y nacional” (Donoso, J. Historia personal del «boom», Alfaguara, Madrid, 1998, pág. 30).

¿El «boom» literario latinoamericano, es un caso de cosmopolitismo diseñado por la industria editorial? ¿Podríamos considerar entonces a esta literatura como nacida bajo los auspicios de una etiqueta o marca comercial para consumo público? Y entonces, la reciente lista de autores latinoamericanos emergentes dada a conocer por la revista americana Granta ¿no sería otra cosa que una operación de marketing, que ofrecería el producto Hispanics a un público objetivo yanqui en el supermercado cultural? Para resolver el misterio de estas interrogantes, Echevarría sugiere la lectura de los diarios de Kafka y sus anotaciones sobre la historia de las paraliteraturas pequeñas. Por otro lado, para abordar el tema del desamparo cultural respecto a la propia tradición, como ocurrió con esa pléyade de autores que se cobijan bajo la etiqueta latinoamericana a partir de 1960, sugiere revisar los “Diez problemas para el novelista hispanoamericano” del crítico uruguayo Ángel Rama:

“Es evidente que empedrar el lenguaje de los personajes novelescos con palabras típicas no ha resuelto el problema básico de la composición de personajes. Y que, al contrario, ha tendido a desvanecerlos en el pintoresquismo, transformándolos en islas idiomáticas, no en seres humanos reales. (…) Las novelas de este regionalismo establecían un curioso escalón entre el personaje que hablaba en un particular galimatías criollista, y el autor, quien se situaba por encima de sus criaturas y al describir, al comentar, al narrar, hablaba desde su cátedra más o menos purista. En los hechos asistíamos a una intensificación del diosecillo escritor. (…) El gran salto que, en materia lingüística, en esta línea de la utilización del habla espontánea y popular, se ha producido –y que corresponde ya a nuestro tiempo– es aquel por el cual el escritor ha ingresado al mismo lenguaje de sus personajes. Los ha asumido y desde ellos habla.

Ángel Rama. Crítica literaria y utopía en América Latina. Editorial Universidad de Antioquia. Medellín, Colombia, 2005.
¿Por qué o para qué hablar de identidad en la literatura latinoamericana? Han quedado atrás los tiempos de una auténtica literatura nacional, como aquella que reclamaba Periquito el Aguador (seudónimo empleado por Juan Carlos Onetti en su columna de crítica en el semanario Marcha de Montevideo entre 1939 y 1941); en cambio, ya en el umbral del siglo presente, el crítico Héctor Libertella propuso una literatura latinoamericana que sea la suma de productos que fabrican “cierto espacio”, como un ámbito que fuera el complemento de unas geografías imaginarias, cuya cumbre constituye la creación del ciclo de Santa Maria en las novelas escritas por Onetti a partir de 1960. En su ensayo El viaje a la ficción, Mario Vargas Llosa opina que “al crear un mundo literario que tiene entre sus rasgos centrales el rechazo de la realidad real — concreta e histórica—, y que es sustituida por una realidad ficticia que es subjetiva, imaginaria y literaria, Onetti construyó un poderoso símbolo de América Latina." (MVLL, El viaje a la ficción, Alfaguara, Madrid, 2008, pág. 166). Quizás podría ser este el ámbito de la creación para muchos narradores latinoamericanos del siglo veintiuno: el de un autor que intenta desde un Occidente transterrado el imposible ejercicio de la identidad.
Pero Echevarría también nos recuerda que la literatura latinoamericana se expandió de forma radial, desde España, a partir del momento en que, a finales de la década de 1960, el mundo editorial y el público lector de este país experimentaron grandes transformaciones. Los esquemas de rentabilidad de las grandes editoriales multinacionales pasaron entonces a constituir el canon de homologación de las obras. En esta misma cuestión también cabría analizar la reconstrucción actual del tejido editorial en América Latina, que tiene una función importante en la “absorción capilar de la literatura emergente”… algo que debería llevarnos a reflexionar sobre las condiciones en las que actualmente publican los autores latinoamericanos.
Por último, Echevarría hizo un breve apunte sobre la cuestión de la crítica literaria . Los autores deberían tener un referente o contar con una plataforma para la crítica, un punto de encuentro entre escritores y críticos, que al parecer sigue siendo inexistente. No existe ninguna lista, nominación de premios o pasarela cultural al uso que pueda sustituir esta importante actividad.